Orgullosos del evangelio

La Biblia dice en Romanos 1: 16

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente y también al griego.

Pablo comienza su argumentación de la carta a los Romanos con una declaración firme, vigorosa y sin considerandos: no se avergüenza del evangelio de Cristo por una razón fundamental le otorga salvación a todo aquel que por fe abraza las buenas nuevas sin considerar origen étnico.  

Esta declaración de Pablo se la dirige a la iglesia de Roma, integrada por toda clase de razas, donde la cultura contra todo sentimiento de vergüenza estaba proscrito. Los romanos tenían en un nicho muy elevado el honor. Por ningún motivo podían soportar la burla a causa de una deshonra en su vida o su familia.

La sociedad romana tenía un cultura que algunos sociólogos o antropólogos llaman “la cultura del honor o vergüenza”, donde resulta de primer orden las apariencias ya que para ellos era muy importante el qué dirán. Muchas normas o conductas tenían como base la presión u opinión ajena.  

Su politeísmo enraizado y su rechazo natural al monoteísmo hebreo les hacía considerar la fe en Jesús, una de las maneras más penosas de practicar su vida espiritual, situación que compartían con algunos judíos para quienes seguir a Jesús resultaba insostenible porque no había logrado derrotar al imperio romano.

Para todos los que habitaban en Roma saber que un hombre había sido muerto en la cruz por el tormento romano, les resultaba sospechosa alguna buena conducta de esa persona, pero decir que era el Hijo de Dios para muchos resultaba un disparate o una locura que sonrojaba a todos. Cómo creer en un Dios que deja a su Hijo morir.

Por eso Pablo comienza su carta recordándose a sí mismo y recordándole a otros que la fe que profesa es una fe basada en una verdad, que aunque no sea aceptada por todos no por eso deja de ser verdad. No importa que la gente se burle de esa fe, Pablo la asume con todas sus consecuencias y por eso no se avergüenza.

A Pablo no le da pena, no se siente mal porque la gente piense que cree en un Señor que murió a manos de los romanos, ni se mortifica porque crean que su fe está basada en un hombre que murió vergonzosamente sin siquiera defenderse con todos los poderes que le adjudicaban.

El punto de partida de esta carta y de la fe en Jesús es que en lugar de vergüenza el creyente se debe sentir profundamente “orgulloso” de su fe, como los romanos se regodeaban de ser ciudadanos del imperio más poderoso de su tiempo. Pablo nos enseña que jamás debemos apenarnos por lo que creemos. Jamás.

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