Ben-Hur, una historia del Cristo

El 24 de diciembre del 2016 mi hija Miriam llegó a la casa con regalos para mi esposa Alma, Raquel y para mi. Me dio mucho gusto recibir su obsequio porque, aunque no es la primera vez que lo hace, adquirió esos presentes con el fruto de su trabajo y verla llegar a casa con ellos me conmovió el corazón.

Mi regalo consistió en este libro Ben-Hur, una historia del Cristo de Carol Wallace basada en la novela escrita por Lew Wallace. Miriam fue muy enfática cuando me dijo que lo tenía que leer a la brevedad y con ese encargo he concluido mi lectura en estos días. Antes de que se cumpliera el mes.

—¿Qué te pareció?—Me preguntó, cuando le dije que había terminado con la lectura de un libro de 413 páginas, publicado por la editorial Tyndale House Publishers.

—Lloré— le contesté.

Miriam y mi esposa Alma rieron.

Y es que la historia de Ben-Hur la he visto en caricaturas, también con la actuación de Charlton Heston y más recientemente la que produjo Metro-Goldwyn-Mayer Paramount Pictures estrenada apenas el año pasado, pero la novela de Carol Wallace simplemente seduce con las descripciones y diálogos entre los personajes de hace dos mil años.

Siempre he pensado que un libro será mejor que una película sobre ese libro. Así lo pensé después de leer El Padrino de Mario Puzo y luego ver la película dirigida por Francis Ford Coppola y lo concluí cuando vi la película del Amor en tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

El cine tiene sus virtudes, pero la literatura puede desnudar a una persona con una descripción efectiva.

Para los estudiosos del Nuevo Testamento es una lectura obligada porque recrea de manera magistral el encono provocado por la ocupación romana en Israel. Ambienta de una manera precisa los usos y costumbres de la época en la que Jesús apareció con sus predicaciones.

La historia del príncipe Judá Ben-Hur, hijo de Itamar, que fue despojado de su fortuna y condenado a las galeras de las embarcaciones romanas y cuya madre, Noemí y hermana, Tirsa fueron recluidas por ocho años en la Fortaleza Antonia donde además de ser privadas de su libertad fueron contagiadas con lepra ilustra perfectamente la clase de Dios que celebramos los cristianos.

La maldad representada por Mesala y su infausta traición a la familia de Judá y su triste fin nos recuerda que siempre la ambición y el desmedido interés por las cosas materiales sólo conducen a la destrucción y desolación de las personas porque las riquezas injustas carecen de protección para quien las detenta.

Pero, a mi juicio, el más grande mérito de la obra de Carol Wallace fue contar la historia de Cristo desde la vida de un protagonista paralelo a los sucesos que cimbraron a Jerusalén y cambiaron radicalmente la historia de la humanidad. El Cristo que retrata la autora es un hombre que en medio del caos social y la injusticia, promueve el amor al prójimo.

Cuando Ben-Hur buscaba la guerra para vengar su infortunio, encuentra al Mesías quien le muestra un camino distinto para la transformación de las personas: el camino de la compasión.

Lloré con el libro porque me hizo recordar el libro de Job —no el de Biblia—escrito por Joseph Roth en 1930 que relata la historia de un rabino que pierde a sus dos hijos en la guerra, muere su esposa y su hija es internada en un manicomio, mientras desconoce el paradero de su único hijo vivo que dejó en Rusia cuando partió a Estados Unidos.

Porque nos conduce por esa parte divina tan difícil de entender que se llama la soberanía de Dios. Sus dictados desconcertantes, sus decretos tan imprevisibles y sus designios sorprendentes, pero siempre con un propósito.

Tanto Ben-Hur de Carol Wallace como el Job de Joseph Roth nos toman de la mano para llevarnos por esa desconocida senda de la voluntad divina contraria a lo que nosotros esperamos para reafirmarnos que el dolor y sufrimiento forman parte de un plan divino para nuestras vidas.

Las contrariedades de la vida toman razón y tienen sentido solo a la luz de Dios, el Dios que dijo: “Yo sé los planes que tengo para ustedes”. Jeremías 29:11.

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