Parábola de la perla de gran precio: Deja todo por el Señor

Mateo 13: 45-46

45 También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, 46 que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.

Introducción:

Jesús quiso que sus discípulos valorarán en todo lo posible la importancia del reino de los cielos en su vida. El Señor buscó por todos los medios que sus seguidores entendieran el valor incalculable que seguir tenía y lo hizo por medio de ilustraciones claras y precisas.

“El reino de los cielos” fue su expresión favorita para luego señalar “es semejante” o es comparado con algún relato esclarecedor. En el caso de la parábola o historia de la perla de gran precio la mente judía captó el sentido exacto de su significado porque era común encontrar mercaderes ocupados en buscar esa clase de artículos.

Toda la historia gira en torno al mercader, algunas versiones traducen al palabra “mercader” como “vendedor” o “comerciante”. La palabra procede de la raíz griega “emporos” y se traduce de las dos formas anteriormente escritas. Este mercader busca, halla, vende y compra.

  1. El mercader busca perlas preciosas
  2. El mercader halla una perla preciosa
  • El mercader vende todo lo que tiene por la perla
  1. El mercader compra la perla preciosa

El mercader busca perlas preciosas

La historia de Jesús comienza con un mercader que “busca buenas perlas”, lo que irremediablemente nos lleva a considerar que existen perlas no tan buenas o definitivamente malas. Las perlas son muy valoradas en la joyería desde los tiempos antiguos. En la época de Jesús ya se valoraban mucho.

Este mercader, entonces, no era un comerciante o vendedor común. Estaba avocado a buscar lo mejor y no se conformaba con cualquier clase de perla.

El mercader halla una perla preciosa

La búsqueda del mercader rinde sus frutos cuando al fin logra encontrar una perla de gran precio, pero aún ha concluido su labor. Es interesante notar que la historia contada por Jesús nos lleva a pensar que lo valioso nunca está a la mano y siempre, como una ley en la vida, se tiene que esforzarse para encontrarlo.

El comerciante ni se cruzó de brazos ni se sentó a esperar que llegara la perla. Tuvo que salir a buscarla.

El mercader vende todo lo que tiene por la perla preciosa

El mercader está ante una perla cuyo valor sobrepasa su presupuesto y se ve obligado a vender todas sus posesiones con tal de adquirirla. Él puede renunciar a tenerla, pero sabe que está ante una oportunidad única y tal vez irrepetible, por eso decide comprarla aunque en esa decisión se vaya toda su riqueza.

¿Qué lo lleva a esta determinación? Lo lleva la seguridad de estar ante algo que tiene muchísimo valor y difícilmente podrá encontrar otra igual como esa y por eso renuncia a todo lo que tiene sabiendo que en la vida hay oportunidades que se presenta sólo una vez.

Al final de cuenta el mercader lo único que está haciendo es invertir. Él sabe que su inversión la recuperará con creces. Hoy se queda sin nada, pero mañana tendrá lo que necesita.

El mercader compra la perla preciosa

Finalmente el mercader haciendo un esfuerzo superior compra la perla. No estaba en condiciones de hacerlo, pero finalmente lo ha hecho y tiene en su posesión algo muy valioso que en la primera oportunidad rendirá sus frutos o traerá bendición a su existencia.

Conclusión:

Jesús usó está historia para enseñarnos varias verdades.

  1. El evangelio tiene un valor incalculable. El reino de los cielos es algo valiosísimo para quienes le dan cabida en su vida o para aquellos que se deciden a volverse súbditos de Cristo, quien es el Señor de ese reino. Contrario a lo que muchos pensaban en aquella época y hoy piensan algunos no es una perdida.
  2. Se tiene que dejar todo o se tiene que pagar un precio. Por supuesto que es un precio alto porque ese es su valor. Lo que se encuentra a la mano o pulula no necesariamente tiene valor. El evangelio vale y vale mucho. Hay que “pagar” con una vida incondicional al Rey de ese reino.
  3. Demanda esfuerzo. Vivir para Dios jamás podrá ser sinónimo de cruzarse de brazos y sólo esperar. Hay un “hacer y un quehacer” que sus seguidores deben realizar.

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