Las Confesiones

Dice la Biblia en Salmos 51: 4 “He aquí en maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre.”

“Y ahora aquí hay un hombre que Te quiere alabar. Un hombre que es parte de tu creación y que, como todos lleva siempre consigo por todas partes su mortalidad y el testimonio de su pecado, el testimonio de que Tú siempre te resistes a la soberbia humana. Así pues, no obstante su miseria, ese hombre Te quiere alabar. Y Tú lo estimulas para que encuentre deleite en tu laudanza; nos creaste para Ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en Ti.”

Así comienza su libro Las Confesiones, Agustín de Hipona, que es una obra escrita en trece libros de los que el autor dice en “los siete primeros hablo sobre mí; en los seis restantes hablo de la Sagrada Escritura desde el principio en que hizo Dios el cielo y la tierra hasta su Descanso en el séptimo día.”

El libro es el relato de la conversión de un hombre que se entregó a Dios con todas sus fuerzas y con todo su corazón. Un converso a Cristo que entendió como pocos la naturaleza del arrepentimiento, pero también como muchos se dejó arrastrar por el pecado hasta que Dios alcanzó su corazón.

Es un recuento de la insatisfacción de un hombre extremadamente intelectual que quiso dar respuesta a sus congojas personales con el conocimiento; es también una exposición de quien buscó en el placer la alegría para vivir, pero que tanto en aquella como en ésta le fue imposible encontrar sosiego para su alma.

En “Confesiones”, Agustín de Hipona nos presenta al hombre alejado de Dios que busca y rebusca el fin último de su existencia y detalla su paso por el maniqueísmo, doctrina que trataba de explicar la realidad imperante en aquella época donde, al igual que en nuestros tiempos, la maldad se acrecentaba y había que buscar una forma de entender lo que sucedía. Aunque en el maniqueísmo nunca pudo encontrar las respuestas que su interior le planteaba.

Sin esconder u ocultar nada de lo ocurrido antes de conocer a Cristo, el autor de la obra conduce al lector por su infancia, su juventud, el tiempo de sus estudios de retórica y su paso por el magisterio de esa materia que fue fundamental para que nos legará esta impresionante obra, indispensable para todos aquellos interesados en conocer el significado de volverse a Dios y, si se quiere, también para los que gustan bien escribir y hablar correctamente.

Sin la retórica, difícilmente Agustín de Hipona hubiera escrito este volumen que nos lleva de la mano por el testimonio de un hombre que cuando conoció a Cristo renunció a toda su vida pasada. Hizo a un lado todo aquello que le estorbará para seguir a Cristo, convencido de que en la luz de Jesús había alcanzado todo aquello que había buscado en su existencia.

Es tal el reconocimiento del pecado en su vida que al elevar su plegaria pública implorando el perdón de Dios, reconoce que su vida pecaminosa no comenzó con el primer pecado que cometió en su infancia o juventud, sino como el salmista David lo escribió: la maldad se hereda de nuestros primeros padres: Adán y Eva y así se transmite desde entonces a toda la humanidad.

Leer Confesiones nos expone a entender la naturaleza del pecado, nos conduce a reconocer nuestras transgresiones, admitir nuestros pecados y renunciar a nuestras iniquidades con tal de que el Señor no encuentre en nosotros un espíritu de engaño que nos lleve a convertir nuestro verdor en sequedades.

Solo de esa manera podemos llegar ante Dios que es toda santidad y perfección en una comunión que vitalice nuestra existencia y que llene nuestro corazón. El genuino arrepentimiento hace que las personas modifiquen sustancialmente su conducta con sus semejantes. Una persona totalmente arrepentida nunca más será igual.

He omitido llamar a Agustín de Hipona como San Agustín porque en su escrito encuentro a un hombre profundamente conmovido por las miserias espirituales que vivió que estoy casi seguro que habría renunciado a la sola idea de llamarlo santo.

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