La alegría de la Biblia

Dice la Biblia en Salmos 119: 92

“Si tu ley no hubiere sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido.”

La versión Palabra de Dios para Todos traduce así este pasaje: “Si yo no hubiera seguido con amor tus enseñanzas, mis sufrimientos ya habrían acabado conmigo.” La Nueva Versión Internacional lo hace de la siguiente forma: “Si tu ley no fuera mi regocijo, la aflicción habría acabado conmigo.”

En tanto la versión Dios Habla Hoy lo hace de la forma siguiente: “Si tu enseñanza no me trajera alegría, la tristeza habría acabado conmigo. Y la Traducción al lenguaje actual, traduce así: “Si tu palabra no me hiciera tan feliz, ¡ya me hubiera muerto de tristeza!”.

La palabra de Dios resulta o debe resultar un deleite; quien se acerca a ella debe descubrir la dicha que produce acercarse o conocer los mandamientos de Dios. La Biblia es más que historias o relatos vetustos. La Escritura es la viviente palabra de Dios, pertinente y actual para cada generación. Genera alegría y no tristeza.

Nunca la palabra de Dios debe aburrirnos o hastiarnos, todo lo contrario debe ser motivo de regocijo. Conocer al autor de este bendito libro será siempre la mejor manera de descubrir en cada página, en cada libro, en cada detalle de la misma una razón única de contentamiento.

El salmista ha descubierto o ha encontrado dicha en la lectura y el estudio de la Biblia. Esa alegría propia de quien se adentra en el corazón de Dios que revela su voluntad y por eso cuando la aflicción viene con toda su tristeza o con toda su calamidad, el salmista capotea el temporal con el auxilio del autor de la Escritura.

La aflicción no hace mella en quien ha meditado y se ha adentrado en el corazón de Dios. Sabe perfectamente que los planes que Dios ha diseñado siempre se ajustan a un objetivo que va más allá de lo que nuestros ojos pueden ver. Dios tiene un propósito que sólo descubren los que meditan en sus estatutos.

Nadie que se haya sumergido con sinceridad en los mandamientos de Dios puede señalarle al Señor un despropósito alguno. Al reflexionar en la palabra de Dios permanentemente constatamos que el Señor del cielo y la tierra sabe perfectamente lo que hace y jamás se equivoca, aún cuando la aflicción parece algo fuera de su voluntad.

Por esa razón, el salmista declara: “Si tu palabra no me hiciera tan feliz, ¡ya me hubiera muerto de tristeza!”.

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