La parábola de los primeros asientos

Dice la Biblia en Lucas 14:7-11

Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa, refirió a los convidados una parábola, diciéndoles: Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté convidado por él, y viniendo el que te convidó a ti y a él, te diga: Da lugar a éste; y entonces comiences con vergüenza a ocupar el último lugar.

10 Mas cuando fueres convidado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa. 11 Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido.

Introducción

La vida de Jesús es un ejemplo supremo de humildad. Desde que nació (siendo rey nació en un pesebre), durante su ministerio terrenal (siendo rey entró montado en un pollino a Jerusalén) hasta su muerte repitió y reiteró a sus seguidores que ese sería el signo dominante de sus vidas: humildad y sencillez.

En muchas de sus palabras y en varias parábolas subrayó la gran importancia y relevancia delante de Dios de la humildad entre los creyentes y arremetió fuertemente contra el orgullo, la altanería y soberbia de los fariseos, escribas y saduceos.

En la parábola que hoy estudiaremos el Señor Jesús reitera a sus seguidores la necesidad de mantenerse siempre con humildad y sencillez en público para evitar pasar vergüenza ante muchas personas. La humildad ante las personas es necesaria para ser exaltado ante ellas.

La humildad te dará gloria; el orgullo, vergüenza

 

  1. No busques la gloria
  2. Deja que la gloria te encuentre a ti

No busques la gloria

Jesús quiso y quiere enseñar a sus seguidores una y otra vez, la renuncia al ego. Los primeros lugares o la búsqueda de los principales asientos en un fiesta tienen como finalidad que los hijos de Dios crucifiquen el “yo” que los lleva a buscar se los primeros o tener los primeros lugares.

El problema que vio Jesús fue en una fiesta, pero el problema es universal en muchas actividades humanas donde los hombres buscan notoriedad y que se les rinda reconocimiento. Buscan la gloria humana y Jesús les enseñó a sus discípulos y a nosotros a renunciar a ella.

Con esta parábola, pero también con ejemplos claro, el Señor repitió una y otra vez que entre los doce y entre la comunidad cristiana nadie sería mayor o en otras palabras nadie debería de señorearse de los demás. El ejemplo más claro se los puso con un niño.

La historia la encontramos en los evangelios y tuvo como colofón o como conclusión una de las frase más necesarias para recordar: El que quiera ser el mayor entre vosotros será vuestro servidor.

Renunciar a los primeros asientos implica renunciar a la vanagloria que trae consigo la notoriedad o la “fama”. Jesús nos enseñó que ese no es el camino. Cuando los judíos lo quisieron hacer rey, el simplemente se hizo a un lado porque ese no era el plan de Dios.

El sabía perfectamente que esa era una gloria humana y Él prefirió otra clase de gloria. La gloria del Padre esa que es eterna.

El tema de los primeros asientos va más allá de saber comportarse en eventos sociales. La profundidad de la parábola la encontramos en la necesidad que los seres humanos tenemos de tener un concepto de nosotros mismos con cordura. Es decir con medida. No creerse los más importantes, pero tampoco los más insignificantes.

   Deja que la gloria te encuentre a ti

Cuando renunciamos a nuestro “yo” y dejamos las primeras sillas, es la gloria la que nos encuentra a nosotros. Y si no llega no hay ningún problema porque sencillamente no estamos detrás de ella. Pero llegará porque todo aquel que se humilla será exaltado, enseñó Jesús en otras parábolas.

Jesús quiso que sus discípulos comprendieran el tremendo ridículo en el que caen quienes buscan notoriedad o buscan ser los primeros o buscan alimentar su ego. La parábola del Señor tiene como finalidad alertar a todos los que ávidos de primeros lugares no les importa pasar vergüenzas.

Cuando Jesús nació, no hubo para él un mesón, sino un pesebre. Humilde llegó a este mundo y Dios reconoció de inmediato esa humildad y lo exaltó con la visita de los sabios de oriente, quienes le ofrecieron oro, incienso y mirra como un reconocimiento de su realeza.

Pero quizá el ejemplo supremo de Jesús nos lo enseña Pablo en la carta a los Filipenses en la que leemos que después de humillarse haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, Dios lo exaltó hasta lo sumo. La humillación o la humildad es el antecedente inmediato de la honra.

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