Una vida entregada a los libros

Micaela Chávez, directora de la Biblioteca del Colegio de México, ve en su oficio magia y entrega; un refugio contra las adversidades.

Por Antonio Bertrán

CIUDAD DE MÉXICO. Micaela Chávez tiene nombre y cara de bibliotecaria regañona. Pero ríe al señalárselo y reconoce que, para ella, “la disciplina es fundamental”, aunque muy pronto aprendió a “apaciguar” su carácter y no hablar “fuerte”, como típica oaxaqueña.

“Puedo decirle en descargo mío que también tengo capacidad para enseñar, y que me gusta hacerlo personalmente con quienes voy a trabajar para saber qué puedo exigirles”, agrega la directora de la Biblioteca Daniel Cosío Villegas de El Colegio de México.

Dos de sus colaboradoras ratifican que “impone respeto”, pero “es sensible a las necesidades de su equipo”.

Nacida el 16 de junio de 1954, la también académica es una lectora de ciencia ficción y últimamente le es fiel a Haruki Murakami. Además le gustan las plantas, las rocas y fósiles, que decoran su no muy ordenada oficina, donde también luce su colección de corazones, “no de amores”.

Micaela es soltera, no “solterona” y cuenta que la gente se sorprende de que sea feliz porque tampoco tiene hijos. En esos casos nada más se ríe… Y vuelve a reírse para responder que la institución a la que ha dedicado 45 años no es “el amor de su vida”.

Pero sin duda sí es uno de sus amores porque ese “compromiso con la profesión”, donde el “eje es el usuario”, le valió recibir el Homenaje al Bibliotecario 2017 en la pasada Feria Internacional de Libro de Guadalajara.

“Amo la profesión del bibliotecario que, para mí, es una misión”, expresó la galardonada entonces.

Micaela Chávez durante el Homenaje al Bibliotecario 2017 / Foto: FIL Guadalajara

Fue en su natal Constancia del Rosario, pueblito de Oaxaca en el que no había luz eléctrica y mucho menos una librería, donde Micaela tuvo su primer contacto con los libros de “manera circunstancial y muy afortunada”, como han ocurrido los mejores pasajes de su biografía.

“Unos vecinos que eran maestros, tiraron un baúl lleno de libros y yo les pregunté si podía tomar algunos; tenía 10 años y de esa forma empezó mi gusto porque leer era estar en otra parte, algo que yo no había imaginado.

“Una cosa curiosa es que había un volumen que no tenía portada ni final, y muchos años después, ya de adulta hojeando un libro infantil supe que era La Sirenita y pude concluirlo, porque de niña me quedé frustrada sin saber qué le pasaba”, dice.

La única hija de los Chávez Villa, es la segunda entre tres hermanos, vivió en un “tíarcado”: cuidada por tías paternas mientras su madre Ofelia, hoy de 85 años, se dedicaba al comercio del café y su papá Filadelfo, ahora de 91, era comandante de policía. Ambos estudiaron sólo hasta el tercero de primaria.

A los 11 años, la tía Gloria decidió que su sobrina estudiara, bajo su custodia, el sexto de primaria en la Ciudad de México para que le fuera más fácil seguir a la secundaria, en la que su rendimiento resultó deficiente.

“Luchona y súper estricta”, Gloria modeló en Micaela ese carácter independiente y la disciplina que luego reforzaría su primer jefe, Ario Garza Mercado. La directora conserva en su despacho el retrato de ese director de la Biblioteca del Colmex que fue su mentor, junto al de Reynaldo Figueroa, un eminente catalogador, maestro de muchos en la Cosío Villegas.

“Entré al Colegio de México el mismo día de mi graduación como secretaria comercial, el 21 de julio de 1972″, recuerda. Fue por otra casualidad afortunada: Una clienta del salón de belleza de su tía Gloria, donde ella ayudaba después de las clases, comentó que había una vacante en la institución, y su tía decidió que Micaela presentara el examen.

En la antigua sede de Guanajuato 125, Colonia Roma, la joven que cambió el piano, “implicaba una inversión que no teníamos”? por la máquina de escribir, empezó como auxiliar de biblioteca en Catalogación y Clasificación. Con 18 años recién cumplidos, la nueva empleada era una chica delgada y usaba grandes lentes cuadrados, casi idénticos al modelo retro de Lacoste que hoy lleva.

En 1975, cuando los arquitectos Teodoro González de León y Abraham Zabludowsky proyectaban el actual edificio del Ajusco, Micaela se convirtió en secretaria de Garza Mercado.

Es un cliché decir que entonces no imaginó que llegaría a ocupar la dirección de la Cosío Villegas (enero, 2004). Antes tuvo que concursar por una plaza académica e ir escalando por diversas áreas, para lo cual se aplicó primero en obtener un “papelito”: regresó a la secundaria a pagar las materias que debía como trigonometría, cursó el bachillerato en Biblioteconomía, una maestría en Estudios Latinoamericanos y un doctorado, cuya tesis debe, también en esa disciplina que administra y conserva las bibliotecas.

Micaela no se ha limitado a ejercer la definición básica de bibliotecario, “la persona que no sabe todo, pero sí sabe dónde puede encontrarlo”. Es cofundadora de la Maestría en Bibliotecología del Colmex y como administradora se ha ocupado de mejorar la Cosío Villegas desde cuestiones como su alfombra, la instalación de la red inalámbrica y la multiplicación de los instrumentos digitales de acceso a la información hasta la planeación de su edificio anexo (2015), en el que logró que González de León renunciara a usar tonos neutros e incluyera colores primarios. “Yo soy color, y no podía tener una biblioteca gris”, subraya jovial.

Su biblioteca es académica, la mejor en humanidades de América Latina con 400 mil volúmenes, pero ¿cómo la define desde el corazón?

Para mí es un lugar maravilloso, y esto se cumple al ver la cara de asombro de los muchos usuarios que vienen aquí y dicen “Encontré este libro, este dato que no hallaba, ¿cómo es que ustedes lo tienen?” Yo les he contestado que no tengo la menor idea, sólo sé que esta biblioteca es mágica.

¿Qué no tolera en su biblioteca?

En primer lugar el mal trato a los usuarios y, no en segundo lugar sino al mismo nivel, la falta de respeto entre las personas que conforman el equipo. Aquí no hay jerarquías, todos somos personas.

¿Cuál es la cualidad indispensable del bibliotecario?

Que tenga un compromiso con la profesión, y este compromiso implica saber que el usuario es el eje a partir del cual se construye la biblioteca, porque la colección y los servicios se conforman de acuerdo con las necesidades de una comunidad.

Pensé que me respondería que el orden.

No necesariamente los bibliotecarios tienen que ser ordenados de entrada, el orden también lo pueden aprender aquí, pero el compromiso, no sólo en la biblioteca sino en cualquier lugar, es indispensable para trabajar.

¿Qué colección del acervo es su consentida, la que más ha nutrido?

Tratamos que nuestras colecciones crezcan de una manera uniforme, de acuerdo a las necesidades de docencia e investigación de El Colegio de México. Y tenemos colecciones que han crecido por donaciones. La que más me gusta y disfruto es la de literatura latinoamericana y de otros países, que en el edificio nuevo colocamos en dos de sus niveles pensando que así el anexo sería de todos, y creo que ha resultado.

¿Hay un matiz que distinga la labor de una bibliotecaria y un bibliotecario?

Aquí la composición del equipo es bastante equilibrada, pero creo que la diferencia es la emoción, esa forma en que las mujeres nos manifestamos al tratar de ser más cálidas, tener receptividad respecto a las necesidades del usuario, y a lo mejor los bibliotecarios podrían ser más fríos o directos.

¿Cómo es su biblioteca personal?

Tengo un departamento muy pequeño y justo con el sismo (del 19 de septiembre) decidí que tenía que sacar casi todo, aligerar, y los libros pesan mucho. Guardo los preferidos, que su lectura me ha dejado alguna marca. Tengo muy pocos volúmenes, algunas ediciones que me han regalado y autografiado autores relevantes. Pero no es una colección significativa ni tiene unidad alguna, porque usted entiende que como géminis un día nos gusta una cosa y otro día, otra.

¿Qué libro está en su buró? ¿O lee en dispositivo electrónico?

Sí leo en un dispositivo electrónico porque me parece muy cómodo, por ejemplo al viajar y si la lectura es recreativa, pero si tengo que leer algo para aprender, para mí es más fácil en un libro impreso. El libro al que siempre vuelvo es Mujeres que corren con los lobos, porque la autora (Clarissa Pinkola) dice que tenemos que recuperar nuestro espíritu salvaje cuando empezamos a sentir que nada tiene sentido.

Ante el 2018, como dice el librero Héctor Yánover ¿”que repartan libros por los pueblos como reparten volantes antes de las elecciones”?

Sería muy bueno. Yo decía también que si hablamos de reconstrucción de diferentes zonas y escuelas (tras los sismos de septiembre), ¿por qué no pensar en tener un cuartito al lado que diga “Biblioteca“?

¿Diría, con Pablo Neruda, que “un libro es la victoria del poeta y con él de la humanidad”?

Sí, estaría de acuerdo con él, y agregaría que un libro son muchas posibilidades de aprender, de divertirse. Como dicen: el libro es una ventana a un mundo que uno mismo puede construir.

¿La biblioteca es el Universo, como la imaginaba Borges?

Yo creo que puede ser, pero eso depende de qué tiene la biblioteca dentro, depende de su colección.

¿Podríamos pensar que la muerte es como cuando se acaba la lectura de una buena novela?

Sí, cuando he tenido que enfrentar a la muerte me ha parecido como un libro que se cierra y nos queda el recuerdo de lo que fue la vida con alguien. Yo tuve dos pérdidas importantes, Ario Garza Mercado y Reynaldo Figueroa, con los que conviví muchísimo tiempo, y esta biblioteca nos da la posibilidad de encontrarlos en sus escritos. Yo he creado una vida paralela, mi casa y la biblioteca, y es en ésta donde me refugio contra la adversidad.

Con información del Reforma.

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