Serenidad

Dice la Biblia en la 2ª Carta de Pedro 1: 14

“Sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado.”

El impetuoso e impulsivo apóstol a quién Jesús, en cuanto lo conoció dejó de llamarlo por su nombre Simeón y le autonombró Pedro, que significa piedra por su carácter arrebatado y su necesidad de que las enseñanzas se le reiterarán: tres veces negó al maestro, tres veces se le preguntó si amaba al Señor y tres veces vio un lienzo que lo llevó a predicar el evangelio a los gentiles.

El temeroso hombre que cuando la barca se hundía en la tormenta en el mar de Galilea gritó al Señor que si no tenía cuidado de ellos; el hombre que por miedo a perder su vida negó al Señor la noche misma en que Jesús fue detenido. El hombre que después de la crucifixión de Cristo se encerró a piedra y lodo por miedo a los judíos, hoy anunciaba su inminente partida de este mundo.

A diferencia de otros, Pedro no sólo pensó en su muerte (como muchos lo hacen), también habló de ella (como ya solo pocos lo hacen), pero lo verdaderamente sorprendente e impactante es que escribió de ella, (como ya sólo unos cuantos lo hacen), con una serenidad absoluta y una tranquilidad sorprendente.

La relación de Pedro con el Señor tanto en vida como una vez resucitado Cristo, fue de menos a más. Si al principio estuvo marcada por dudas e incertidumbres al final era fluida y madura, al grado de que el Señor tuvo la deferencia de avisarle que su paso por la tierra estaba a punto de finalizar.

Y su discípulo no lo tomó como una desgracia o como un infortunio, todo lo contrario lo asimiló de manera inmediata y compuso esta carta que nos ha legado a todos los creyentes para recordarnos que la muerte, el postrer enemigo, fue vencido en la cruz del calvario por Cristo Jesús y su imperio feneció con la resurrección del Señor.

Esa verdad llenó el corazón del apóstol. Esa esperanza le hizo cambiar absolutamente su forma de concebir la vida sobre la tierra y le dio no solo la resignación que ante la muerte se necesita, sino la serenidad para compartirnos que la vida es un don de Dios y Él nos la recoge cuando así le place.

Pedro sabía que iba al reencuentro con su Señor que en los momentos más difíciles de su vida (cuando lloró amargamente por haberlo negado) siempre estuvo allí. Y ahora iba a reunirse de nueva cuenta con el que rogó por su alma antes de que llegarán las horas aciagas de la detención de Jesús.

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