Los enemigos del amor de pareja

Dice la Biblia en Cantares 8: 7

“Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos…”.

Cuando el amor que se profesan los consortes nace o es producto del amor que irradia Dios puede llegar a ser indestructible o imposible de derrotar. Esa es la esencia de la figura retórica que Salomón usa al comparar a esa clase de amor con el fuego que no puede ser consumido ni siquiera por el agua de los ríos, su natural enemigo.

Recuerdo hace algunos meses que leí la siguiente historia:

Un hijo llegó con su padre y le dijo que al fin había encontrado a la mujer más maravillosa para su vida y que se casaría. Como respuesta, su progenitor le dijo que le pidiera perdón. El hijo, sorprendido, le volvió a decir que se casaría y de nueva cuenta recibió la misma respuesta: pídeme perdón.

Azorado y confundido le preguntó a su padre por qué le tendría que pedir disculpas o perdón. El padre le dijo: quiero entrenarte para la vida matrimonial: la vida de pareja es esencialmente saber pedir perdón y saber perdonar y cuando se ha aprendido esta lección, entonces uno está listo para casarse.

Los esposos pueden y deben construir una relación fuerte con comunicación, comprensión y ternura para gradualmente dejar de ser dos para convertirse en uno solo. Esta unidad les permitirá enfrentar a todos aquellos enemigos de su matrimonio: celos, adulterio, indiferencia.

Esta clase de amor esta destinado a perpetuarse en los hijos que heredarán de sus padres el mejor ejemplo que una persona puede recibir: el amor incondicional que se profesaron sus progenitores con el que derrotaron y vencieron todos los obstáculos que se les presentaron para preservar su relación de pareja.

Citó aquí un himno de un oriental turco que vivió en el siglo XIII: “El Señor susurró algo al oído de la rosa, y la rosa se abrió a la sonrisa. El Señor murmuró algo a la roca, y la roca se trocó en piedra preciosa que brilla en la mina. El Señor le dijo algo al oído del sol y la mejilla del sol se cubrió de mil eclipses. Pero, ¿qué murmuraría Dios al oído del hombre? Le susurró ¡Amor! (Tomado del libro La vid y el olivo).

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