Parábola del acreedor y los dos deudores

Dice la Biblia en Lucas 7:40-43

40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. 41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; 42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.

 

A quien más se le perdona, más ama

 

Introducción

Jesús apareció justamente cuando entre el pueblo de Israel las impositivas interpretaciones de la ley mosaica por fariseos, saduceos, escribas e intérpretes de la ley presentaban a Dios como un ser implacable al que había agradar con ciertos ritos y apenas así se saciaba su ira.

En ese marco publicanos, pecadores y rameras eran seres condenados al fuego eterno y su arrepentimiento se daba por descontado porque eran tan grandes sus pecados que sería difícil su arrepentimiento y aunque lo hicieran Dios estaba tan fastidiado con ellos que difícilmente los perdonaría.

Esa era el pensamiento que prevalecía en los tiempos de Jesús. Las enseñanzas del Señor vinieron a cambiar ese concepto y a revolucionar completamente el sentido del perdón, pero sobre todo el sentido del arrepentimiento que siempre van de la mano de manera indisoluble. Para ser perdonados necesitamos arrepentirnos y al arrepentirnos somos perdonados.

La parábola del acreedor y los dos deudores fue pronunciada en la casa de un fariseo llamado Simón que rogó a Jesús que comiera con él. Mientras comían “una mujer de la ciudad que era pecadora” se postró a los pies de Jesús y derramó un perfume y los enjugó con sus lágrimas.

Simón pensó en su interior que si Jesús fuera un verdadero profeta no dejaría que esa clase de mujer lo tocará. A raíz de esa forma de ver a las personas Jesús dijo esta parábola, dirigida a Simón y a todos lo que con él estaban en su casa.

A quien más se le perdona, más ama

I. Porque no tenía con que pagar
II. Porque le perdonan una deuda impagable
III. Porque es agradecido

Jesús enseñó de una manera formidable un principio o una verdad contundente: a quien más se le perdona más ama al Señor. No porque existan pecados de diferente castigo o de naturaleza diferenciada. El pecado es pecado, pero la manera en que uno sabe que ofendió a Dios hace la diferencia.

Porque no tenía con que pagar

La mujer pecadora no tenía con que pagar como todos los seres humanos ante a la santidad de Dios nada tenemos que ofrecer. Ante la justicia de Dios nadie puede justificarse porque hemos sido formados en maldad y en pecado nos ha concebido nuestra madre a todos.

¿Qué le podemos ofrecer al rey y dueño del universo? ¿Con qué podemos llegar ante su presencia si somos unos pobres, miserables y ciegos? Fuera de Cristo nuestras obras son como decía el profeta Isaías “trapos de inmundicia” con los que no podemos agradar a Dios.

El ser humano nada tiene para conmutar su pena ante un Dios justo que le enseñó al hombre el camino que él quería que caminara, pero en su obstinación hombres y mujeres optaron por seguir sus propios caminos y Dios los entregó.

Porque le perdonan una deuda impagable

A la triste situación del hombre ante el pecado de no poder pagar, se le debe sumar que la deuda era extra orbitante. No era una cuenta que se pudiera pagar con “cualquier cantidad”. Eran letras o pagarés acumulados con intereses extremadamente elevados.

El hombre no solo no tenía para pagar, sino que su cuenta era impagable. En términos fáciles de entender era un jornalero con familia numerosa, con salario mínimo y con una deuda en millones dólares o euros. Nunca lo podría pagar, ni haciéndose esclavo.

El pecado en la vida del ser humano es una gran deuda ante Dios. Nada podemos hacer, nada podemos ofrecer, nada podemos dar para evitar o hacer que el pecado sea destruido de nuestra vida: solo la gracia de Jesucristo que dio su vida en la cruz del calvario para darnos salvación y vida eterna.

El calvario y la cruz fue el costo que por nosotros se pagó. Fue un acto de supremo amor. Dar la vida por los demás. Entregar hasta el último aliento por nosotros fue la muestra de un Dios que ama más allá de lo que las palabras humanas puedan explicar y la mente entender.

Porque es agradecido

Cuando nos acercamos al Gólgota donde fue crucificado nuestro Señor y comprendemos lo intenso de su amor por nosotros sería una ingratitud colosal, enorme y monumental no responder con el mismo amor o por lo menos intentarlo porque difícilmente podremos superar su amor.

Amar mucho o más al Señor es resultado o consecuencia del agradecimiento genuino porque ni teníamos para pagar nuestra deuda ante el Creador y la deuda era impagable. Pero Jesús con su sangre en la cruz pagó absolutamente toda la deuda que nos era contraria.

Por eso al que mucho se le perdona, mucho ama.

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