El hogar cristiano según Billy Graham

Un día una de nuestras hijas, que estaba descubriendo como los ricitos del desacuerdo con su esposo podían crecer hasta que eran olas retumbantes de confrontación, le dijo a Ruth: “Mamá, no puedo recordar jamás haberlos oído discutir a ti y a papá”.

Es probable que Ruth se riera entre dientes mientras algunas de nuestras “conversaciones” pasaban por su memoria. Pero su respuesta reveló un principio que habíamos seguido: “Teníamos la regla de nunca discutir delante de ustedes los niños”.

Pensamos que el ocultar nuestros desacuerdos les ahorraría dolor e inseguridad innecesarios. Ahora no estoy seguro de que nuestro método era del todo correcto. Las muchachas han dicho que el hecho de nunca vernos discutir las dejó totalmente expuestas a la sorpresa y la desilusión cuando estallaban los conflictos inevitables entre ellas y sus esposos.

Cuando se rompía la armonía de sus casas, suponían que sus matrimonios no eran normales. Bueno, si las telenovelas y las comedias establecen la norma actual para la felicidad conyugal, prefiero con mucho la ruta que escogimos Ruth y yo, a pesar de sus posibles deficiencias.

Ruth y yo no tenemos un matrimonio perfecto, pero tenemos uno que es excelente. ¿Cómo puedo decir dos cosas que parecen tan contradictorias? En un matrimonio perfecto, todo es siempre lo mejor y lo más excelente imaginable. Como una estatua griega, las proporciones son exactas y el acabado perfecto.

¿Quién conoce a algún ser humano como eso? Es poco realista que un matrimonio espera la perfección el uno en el otro. Aprendimos aún antes que nos casáramos.

Siendo humanos, ni uno solo de nosotros tendrá jamás una relación con otra personas que no tenga arruga ni verruga en alguna parte. El ideal perfecto existo solo en los cuentos de hadas y terminan “y vivieron felices y comieron perdices”. Creo que hay cierto mérito en una descripción que leí una ves de un matrimonio como “felizmente incompatibles”.

A Ruth le gusta decir: “Si dos personas están de acuerdo en todo, una de ellas es innecesaria.” Cuanto más pronto aceptamos eso como una realidad de la vida, tanto mejor podremos ajustarnos el uno al otro y disfrutar de esta juntos. “Felizmente incompatible” es un buen ajuste.

En muchas campañas a través de los años, he dedicado por lo menos un mensaje a la tema de la familia. En mis años de crecimiento en la depresión (así se llamo a la crisis económica que EU sufrió en 1929), supongo que nosotros los Graham en nuestra granja lechera en Carolina del Norte nos asemejábamos algo a la ficticia familia Walton en la televisión. Es fácil sentirnos nostálgicos acerca de los tiempos más sencillos, pero es obvio que no eran tiempos más fáciles. Tampoco eran necesariamente tiempos más felices.

Lo que si teníamos entonces era la solidaridad de la familia. Realmente nos interesábamos los unos por los otros, y nos gustaba hacer las cosas juntos. La ilustración verbal de Jesús de una gallina que reúne a su nidada debajo del ala encaja con mi madre.

Ella se encargó de que nos reuniéramos con frecuencia y regularidad, y no sólo alrededor de la mesa para cenar o delante de la radio para nuestros programas favoritos. Nos reunía alrededor de sí misma y de mi padre para escuchar historias bíblicas, para unirnos en oración como familia y para compartir un sentido de la presencia de Dios.

Durante muchos años, un grupo católico romano auspiciaba una excelente serie dramática en la radio que tenía por lema: “La familia que ora unida, permanece unida.” Nada puede acercar a las personas más las unas a las otras que la oración comunitaria.

Aun cuando los niños aguantan a regañadientes la adoración en la casa como simplemente una rutina religiosa, les inculca el modelo que a menudo seguirán cuando tengan una familia propia. No hay ninguna razón por qué las devociones familiares sean o áridas o largas. Un versículo escogido con sabiduría se recordará mejor que todo un capítulo.

“Hazlo interesante —dice Ruth—, y hazlo breve.” Ese tiempo juntos es una reunión, una reunión en familia con Cristo en el centro. Creo que tales reuniones pueden ayudar a fortalecer a las familias para que sean el vínculo más duradero de nuestra sociedad y nuestra civilización.

Tomado del libro autobiográfico Tal como soy de Billy Graham. Editorial Vida (páginas 758-759).

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