Las injurias

Dice la Biblia en Mateo 10: 25

“…Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?”.

En dos ocasiones los fariseos le dijeron a los judíos que los milagros que Jesús hacía eran por obra de los demonios y en particular de Beelzebú. La primera ocasión que lo hicieron fue luego de que Jesús sanara a un muchacho que estaba endemoniado y era mudo.

Jesús no sólo lo sanó sino que expulsó de su vida el demonio que lo atormentaba y eso provocaba, no solo que la gente se maravillará, sino que declarara: “Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.”

La segunda vez que lo hicieron fue cuando le llevaron un endemoniado, ciego y mudo y le sanó de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba, lo que provocaba que toda la gente quedara atónita y comenzara a preguntarse si con esta clase de obras no sería Jesús el Hijo de David.

Presurosos los fariseos atajaban la popularidad de Jesús con un ataque insostenible, pero desafiante; una estrategia atemorizante para los hebreos de sus tiempos: los milagros operados por Jesús, según los fariseos, eran producto de las fuerzas oscuras de la maldad.

Me imagino el pesar que causó en el Señor este ataque por parte de los fariseos, pero en lugar de tomarlo a pecho y molestarse, le sirvió para entrenar a sus discípulos en el difícil arte de engrosar la piel hasta tenerla como la del elefante para que las mentiras, las calumnias, las injurias y las difamaciones las enfrentaran con entereza.

Si al Señor, nuestro Señor y Maestro, lo llamaron Beelzebú o príncipe de los demonios, que se puede esperar que se diga de nosotros. Seremos objeto de toda clase de ataques verbales y eso no nos debe preocupar porque forma parte de la decisión de seguir a Jesús durante nuestra existencia.

Las críticas infundadas forman y formarán parte del paisaje al que los discípulos se deben acostumbrar y en lugar de enojarse o fastidiarse lidiar con ellas, como el Maestro nos enseñó: con buenas obras para que quienes nos consideren malhechores se vean sorprendidos al ver nuestra conducta sensata y sabia.

Las mentiras tienen fecha de caducidad. Por más bien diseñadas que sean, siempre caducan. En cambio la verdad es eterna y nunca acaba. Si seguimos y hacemos la verdad, lo que digan o hablen de nosotros caerá tarde o temprano y nuestros detractores sufrirán la vergüenza de sus palabras.

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