Amo tu ley

Dice la Biblia en Salmos 119:97

“¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación.”

Cuando uno ama algo o a alguien no escatima ni le regatea su tiempo. Pueden pasar horas y horas sin sentir absolutamente que han pasado decenas de minutos y miles de segundos porque el amor hace que se pierda la noción del tiempo. Cuando se ama en verdad, todo lo demás queda relegado a segundo plano.

Eso exactamente le ocurría al salmista. Amaba la ley de Dios. Se deleitaba leyéndola. Disfrutaba meditándola. No había molestia alguna al abrir los rollos en los que estaban escritos los preceptos de Dios en aquella época. No le era molesto adquirirlos y cargarlos.

Pero sobre todo, en todo tiempo meditaba en ellos. La meditación es un ejercicio sumamente exigente. Pero cuando se ama cualquier exigencia es mínima. Meditar implica reflexionar, pensar y hasta razonar. Quien ama la palabra de Dios, no la desdeña, tampoco la menosprecia, sino la coloca en el centro de su vida.

Como todo verbo amar nos debe llevar a una acción y en el caso del amor a la Escritura debe movernos para saltar al siguiente nivel de la lectura que es meditar. Es imposible meditar en la Escritura si no la leemos primero. Leer es imprescindible para todo amante de la Biblia.

Y ya entrados en la pasión por este bendito libro: memorizarlo. De hecho el salmo 119 el más largo de los capítulos de la palabra de Dios esta escrito a modo de acróstico para facilitar su memorización a quienes encuentran en él aliento de vida para su existencia.

Una lectura constante y permanente y la memorización nos da la posibilidad de meditarla en cualquier lugar y en cualquier momento. En esos “tiempos muertos” en el autobús o en la espera de una cita podemos con toda soltura meditar en la Santa Palabra de Dios.

Amar sin compromiso no es amor. Amor sin fidelidad tampoco. De igual modo decir que amamos la palabra de Dios sin hacer ningún esfuerzo por ella es contradictorio.

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