Deshaciéndonos de las maldiciones

Dice la Biblia en Josué 6:26

“…Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó…”

En un día como hoy, pero hace exactamente trece años, el gobierno de Israel devolvió formalmente al Estado Palestino la ciudad de Jericó con lo que ponía fuera de sus territorios una ciudad sobre la que pesaba una maldición lanzada por Josué hace unos tres mil años.

La ciudad de Jericó fue escenario de una de las más poderosas manifestaciones de Dios cuando le entregaba al pueblo de Israel la tierra prometida. El libro de Josué relata los pormenores de la toma de esa villa: envían dos espías para reconocerla, los espías son escondidos por Rahab, la ramera y salvan la vida milagrosamente.

Luego, en un hecho portentoso y sin igual en toda la Escritura, los hebreos derriban sus imponentes muros de una manera bien sencilla: rodean la ciudad una vez al día durante, seis días y el séptimo la rodean siete veces y al concluir la séptima vuelta hacen sonar sus bocinas y ellos gritan a gran voz y el muro de la ciudad cae.

Es entonces cuando Josué lanza la imprecación contra la ciudad: nadie debería de reconstruirla. El texto completo de Josué 6:26 dice: “En aquel tiempo hizo Josué un juramento, diciendo: Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó. Sobre su primogénito eche los cimientos de ella, y sobre su hijo menor asiente sus puertas.”

Podría uno pensar que bastaría con esa advertencia para que nadie se atreviera a reconstruir esa ciudad, pero unas décadas después ese lugar fue reconstruido, según nos relata el 1º Libro de los Reyes 16:34 que dice:

“En su tiempo Hiel de Bet-el reedificó a Jericó. A precio de la vida de Abiram su primogénito echó el cimiento, y a precio de la vida de Segub su hijo menor puso sus puertas, conforme a la palabra que Jehová había hablado por Josué hijo de Nun.” Sí, hubo un hombre que sacrificó a sus hijos para tener una ciudad.

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La ciudad de Jericó sobrevivió el paso de los siglos. En tiempos de Jesús fue en ese lugar donde fue sanado el ciego Bartimeo, pero hace trece años dejó de ser propiedad de Israel, que se deshizo de una ciudad que nunca debió existir luego de su destrucción hace unos tres mil años.

La historia de Jericó nos ilustra claramente sobre la necesidad de ajustarnos a la voluntad de Dios en mandamientos y preceptos cuya desobediencia maldice nuestra vida y la de nuestros seres queridos. Es mejor “perder” que retener algo que a la larga sólo traerá desolación a nuestra vida.

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