Dios reprueba la codicia

Dice la Biblia Éxodo 20: 17

“No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.”

Introducción

El último mandamiento que Dios dejó plasmado para el pueblo de Israel y para toda la humanidad tiene relación directa con el primer pecado que en Eva la humanidad cometió en el huerto del Edén: la codicia. La codicia entendida como la atracción por el placer. La codicia es el origen de todos los pecados.

De hecho la palabra hebrea que se utiliza para “codicia” procede de la raíz hebrea “chamad” que las diferentes versiones de la Biblia tanto evangélicas como católicas traducen como “desear”, “deseo”, “disfrutar”, “deleitarse”, “atracción”, entre otras. De estas palabras podemos formular una definición sencilla de la palabra.

La codicia puede definirse, entonces, como la atracción por el place de poseer algo. O puede sintetizar también como el deseo intenso para deleitarse y disfrutar de algo que produce placer en este caso que no le pertenece o que forma parte del patrimonio o posesión de su semejante.

Dios reprueba la codicia o el deseo porque es el génesis o el origen o la raíz de todos los anteriores pecados que ha mencionado Moisés en los Diez Mandamientos. Matar, robar, adulterar, mentir surge en primerísimo lugar del corazón codicioso y una vez consumados dan a luz el pecado y enseguida la muerte.

Dios reprueba la codicia

I. Porque origina el pecado
II. Porque daña a quien la posee y a sus semejantes

La codicia esta enunciada en los Diez Mandamientos como uno de los males que más dañan las relaciones humanas porque ofende a Dios y daña tanto a quien la practica y quien la sufre o padece. Los seres humanos viven atrapados en sus deseos que como su naturaleza son buenos y son malos.

La codicia forma parte de los malos deseos con los que lucha el ser humano. Están instalados en su vida desde que nace y debe mantenerla a raya so pena de vivir dominado por la codicia o por sus deseos que terminarán destruyendo no solo su vida, sino de quienes viven a su alrededor.

I. Porque origina el pecado

En libro de Génesis 2:9 encontramos la primera mención de la palabra “codicia” en su raíz etimológica hebrea “chamad”. El texto dice así: “Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.”

El árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y el mal fueron creados atractivos a la vista. Fueron creados para despertar la codicia o el deseo en Adán y Eva, nuestros primeros padres. Así fue como Dios diseño su creación, atractiva y restrictiva. Podían comer de todos los árboles, menos el de la ciencia.

Su diseño fue perfecto porque creó al hombre con libre albedrío, es decir con libertad de elección. Si el hombre no hubiera podido elegir sería una máquina o un robot. El árbol de la ciencia del bien y el mal era el laboratorio para probar la fidelidad del hombre en el huerto de Edén.

En Génesis 3:9 encontramos la siguiente cita: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.”

La mujer fue vencida por la codicia. Por el deseo irrefrenable o ansia incontenible por el placer que le despertó el árbol de la ciencia y ese deseo se lo transmitió a su esposo y ambos comieron de un fruto que el Señor les había dicho que no lo hicieran, pero sucumbieron a sus deseos y con ello el pecado se introdujo a la humanidad.

A partir de ese momento, hombres y mujeres de todos los tiempos luchan, batallan, y lidian con esta inclinación que está metida allí en el corazón del hombre y la mujer. Los deseos buenos y malos en el ser humano forman parte de su naturaleza en una lucha feroz porque ambos batallan para dominarlo.

La codicia está instalada en el interior de los seres humanos y en los Diez Mandamientos encontramos la orden de mantenerlos a raya porque nos pueden jugar una muy mala pasada que puede dañarnos absolutamente.

El apóstol Pablo en su carta a los Romanos 7:7 dice: ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.

La versión Traducción al Lenguaje Actual traduce este texto así: “¿Quiere decir esto que la ley es pecado? ¡Claro que no! Pero si no hubiera sido por la ley, yo no habría entendido lo que es el pecado. Por ejemplo, si la ley no dijera: «No se dejen dominar por el deseo de tener lo que otros tienen», yo no sabría que eso es malo.

La palabra griega para codicia procede de la raíz “epithumeo” que se traduce simplemente como “el deseo de tener lo que otros tiene” y por este texto comprendemos que está anidada en el corazón del ser humano y se manifiesta desde temprana edad y es la causa de muchos males. (1 Timoteo 6:9-10).

En Efesios 2:3 encontramos esta triste verdad: “entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.”

El apóstol Pablo dice que sólo hay dos maneras de mantener a distancia la codicia:
1. Caminando por el Espíritu. Gálatas 5:16 y 2. Perteneciendo a Cristo, según leemos en Gálatas 5: 24.

II. Porque daña a quien la posee y a sus semejantes

La codicia nos puede llevar a desear de manera irrefrenable la casa de nuestro prójimo, su mujer, el bienestar en el que vive y su prosperidad de tal manera que lo podemos dañar con robo, falso testimonio, adulterio y homicidio.

Santiago 1:14-15 retrata fielmente el desarrollo del pecado: “14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.”

Las palabras concupiscencia que se usan en los dos versículos proceden de la raíz griega “epithumeo” que puede traducirse como “deseo” y algunas versiones traduce como lujuria no el sentido sexual, sino en el sentido de exceso o abundancia de cosas que estimula o excitan los sentidos.

Una vez dominado por la codicia o el deseo la persona pierde el sentido de sí misma y se entrega por completo a dañar a su prójimo: matándolo, robándole, mintiéndole o adulterando.

El retrato más acabado de esta clase de personas lo encontramos en el libro de Judas.

En Judas 1:16 leemos: Estos son murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos, cuya boca habla cosas infladas, adulando a las personas para sacar provecho.
Esa carta nos señala claramente el final que tendrán esta clase de personas. De hecho los compara con personajes que fueron castigados por Dios durante su paso por la tierra como Caín, Coré, Balaam, entre otros.

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