Honor y gloria

Dice la Biblia en 1 Timoteo 1:17

“Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

El apóstol Pablo eleva esta alabanza a Jesucristo luego de recordar su triste y lamentable pasado en el judaísmo de los recalcitrantes fariseos. Su condición de pecador manifestada en tres definiciones que él mismo hace: 1. Blasfemo, 2. Perseguidor y 3. Injuriador fue perdonada por el Señor y él rinde honra y gloria al Señor.

De acuerdo al judaísmo por dos de esas tres faltas: blasfemia e injurias, él merecía la muerte de manera automática, pero Jesucristo lo perdonó, mostró en él “toda su clemencia” cuando no lo merecía y fue recibido en misericordia a pesar de la maldad con la que actuó.

Pablo, el blasfemo, perseguidor y falso testigo contra los hermanos, ahora adora al Señor y lo hace resaltando cinco atributos de Dios: 1. Rey de los siglos, 2. Inmortal. 3. Invisible. 4. Único Dios y 5. Sabio Dios, que para el apóstol no son simples títulos o características, sino como concibe a Dios en su vida.

En cada uno de ellos descubrimos la experiencia personal de Pablo y también nuestra propia experiencia.

El rey de los siglos, algunas versiones traducen como Rey eterno, resalta la trascendencia de Dios. El Dios que seguía Pablo en el judaísmo era el Dios de sus padres. Él no había tenido una experiencia personal con él. Cuando la tuvo, dejó de ser un Dios del pasado para convertirse en un Dios del pasado, presente y futuro del apóstol, inmortal.

Cuando se dirigía a Damasco, Saulo de Tarso fue sorprendido por una luz muy fuerte que lo cegó y escuchó una voz que lo acompañó toda su existencia: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” y cuando interrogó de quien era esa voz cayó exhausto al escuchar: “Yo soy Jesús a quien tu persigues”.

No se suponía que Jesús había muerto. No habían sus seguidores robado su cuerpo para asegurar que había resucitado. Pero ahora lo tenía frente así porque sencillamente el Señor no había muerto y no había muerto porque era inmortal. Estaba vivo.

El Único Dios. El judaísmo le había enseñado a Pablo que había un solo Dios. El shema: “Oye Israel, el Señor, nuestro Dios, el Señor Uno es”, que recitaban siempre se lo recordaba a diario, pero ahora el confiadamente podía reconocer que Jesucristo el Hijo de Dios era Dios mismo.

Jesús fue la manifestación humana del Dios de Abraham, Isaac y Jacob y en consecuencia es único. No comparte con nadie más su exclusividad.

Sabio. No porque esta característica haya quedado al final sea menos importante. Pablo reconoce que Dios es sabio porque confundió la sabiduría humana y con una destreza formidable insertó en sus planes a los gentiles a los que envió a Pablo a predicar.

Como no reconocer la sabiduría de Dios que siempre conduce nuestros caminos por donde Él sabe que se cumplirán sus planes perfectos.

Al mismo Señor de Pablo es el que nosotros rendimos hoy honor y gloria porque la merece, porque es dignísimo, porque nosotros en nuestra propia experiencia podríamos agregarle más atributos, por todo lo que ha hecho en nuestra vida. Recordando de dónde nos sacó y todo lo bueno que ha sido con nosotros.

¡¡¡Bendito su nombre!!!

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