Juárez y la libertad de cultos

Los cristianos evangélicos de Oaxaca nos acercamos hoy al altar de la patria para recordar a un oaxaqueño universal que hace más de dos siglos trascendió nuestras fronteras por su determinación contra lo que parecía su destino inexorable: la pobreza, la ignorancia y la marginación que conducen irremediablemente al infortunio.

Su historia es ejemplo para todos los mexicanos por su valor para enfrentar circunstancias y personas, por su temple para anteponerse a su realidad, por su obstinación y por su entrega incondicional para servir a su país al amparo siempre de las leyes de las que fue un fiel defensor y un denodado practicante.

Juárez el liberal oaxaqueño, el paladín de las libertades, el gobernador de Oaxaca, el presidente itinerante de México, el impasible indígena que condenó a Maximiliano en el Cerro de las Campanas y Benemérito de las Américas fue de cuna muy humilde, pero de un férreo carácter que lo llevó a elevarse como una de las figuras dignas de imitar por su honestidad y por enseñarnos a vivir en la medianía que proporciona el trabajo íntegro y honrado.

Recordar al indio zapoteca más que un deber es un imperativo para todos los mexicanos, pero se hace mas que necesario cuando somos oaxaqueños quienes conmemoramos su nacimiento porque nuestro paisano nos debe resultar cercano y su pensamiento e ideales deben orientar siempre nuestra vida cívica.

Pero los evangélicos de Oaxaca y México y todos los promotores de las libertades humanas tienen una deuda histórica todavía más superior con él patricio de Guelatao porque rompió con la inercia de religión única que la Constitución de 1824 establecía en México.

Ese documento postuló lo siguiente y cito textual: “La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra.” Bajo ese criterio el protestantismo era ilegal en México.

Fiel a su pensamiento liberal, Juárez y los legisladores que redactaron la Constitución de 1857 introdujeron por primera vez la idea de “la libertad de cultos” que aunque no fue aprobada en esa Carta Magna, finalmente el 4 de diciembre de 1860 fue publicada con el nombre de “Ley sobre libertad de cultos”, que reconocía que en México no solo se podía practicar la fe católica, sino también la de otras confesiones.

A partir de allí se ha construido en la nación mexicana la pluralidad religiosa que aun hoy en día, enfrenta diques, que lucha para hacer garantía para muchos y sobre todo en pleno siglo XXI todavía encuentra trabas por la ignorancia de quienes creen que una profesión evangélica puede dañar sus intereses.

La Ley Juárez como se le conoció abrió la puerta a la iglesia protestante en México y otras confesiones. Todo un adelanto en aquella época donde profesar una religión diferente a la católica era casi, casi, una transgresión social de consecuencias incalculables.

La libertad de cultos constituye la piedra de toque de la libertad de conciencia porque otorga a los seres humanos la facultad de decidir qué clase de creencia tomar con respecto a Dios y a Benito Juárez García debemos ese revolucionario postulado que hoy blandimos frente a quienes tratan de conculcarlo o negarlo.

Juárez comprendió como pocos que la libertad de conciencia constituye uno de los bienes primordiales que deben gozar todos los seres humanos. Que un hombre privado de la capacidad de pensar y reflexionar lo que ha de creer en poco puede diferenciarse de los animales que actúan por instinto.

Para el pueblo cristiano Juárez enarbola y defiende como pocos el derecho humano a creer en Dios. La grandeza de Juárez reside no en que haya derrotado a éste o aquel tipo de creencia, sino en la posibilidad de acotar toda imposición sobre el pensamiento de los demás.

Honrar la memoria de Benito Juárez es una oportunidad para reencontrarnos con sus convicciones, pero no de una manera mecánica o sin relevancia para nuestra cotidianidad. Recordarlo así sería como dijo Santiago en su carta al hablar de la fe sin obras como el cuerpo sin el espíritu está muerto.

Una efeméride muerta de nuestro calendario cívico. Imposible hacerle eso a Juárez y mucho menos en Oaxaca. Recordarlo siempre nos debe impulsar a defender lo que él defendió y en el caso de la libertad religiosa sería imperdonable mantenernos neutros cuando se niega o se reprime.

Sí, hoy los evangélicos honramos a Benito Juárez por su legado, pero si bien, hoy muchos disfrutamos de esta libertad también es cierto que hay otros que en Oaxaca y otras latitudes todavía padecen por hacer realidad el pensamiento juarista en materia de libertad de cultos.

La antítesis de la libertad de cultos que promulgó Juárez es la intolerancia religiosa que dolorosamente tiene su manifestación precisamente aquí en el estado que vio nacer a Benito Juárez. La persecución religiosa en Oaxaca alcanza niveles sumamente dolorosos con el destierro de nuestros hermanos por profesar la fe evangélica.

En San Andrés Yaa y Santa María Yohueche en la sierra norte, hace unos años y hoy en San José Quianitas en la sierra sur, la persecución y expulsión de cristianos evangélicos empañan los ideales de libertad de cultos que promulgó Juárez.

Mientras eso siga ocurriendo los cristianos evangélicos tenemos el ineludible deber de alzar la voz, de exigir con respeto, pero con firmeza y determinación que cese esa clase de atropellos y el pensamiento juarista se instale completamente en el estado que le vio nacer.

La intolerancia religiosa deshonra a Juárez porque ese gran patriota soñó con indígenas libres para escoger sus creencias, vislumbró un mundo donde nadie fuera condenado por apropiarse de una fe minoritaria, pero sobre todo luchó incansablemente para que nadie fuera perseguido por sus creencias.

A Juárez, los evangélicos lo recordamos con aprecio y con compromiso. Aprecio por su legado que le costó enfrentar poderosos enemigos y compromiso porque siempre que haya persecución religiosa alzaremos la voz para recordar que su obra no fue en vano.

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