El Dios de los sabios

Dice la Biblia en Isaías 6:1

“…el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime…”.

El rey Uzías fue el prototipo o la clase de estadista con el que sueña cualquier pueblo, nación y gobierno: Era sabio, intelectual, inteligente y, como ningún otro rey de Israel, inventor de toda clase de artefactos de guerra e implementos para la agricultura que revolucionaron su tiempo y que le granjearon una fama en el medio oriente.

Sólo que en el cenit de su popularidad, este monarca se llenó de altivez. El poder que adquirió lo nubló, lo extravió y terminó por devorarlo y en consecuencia murió, pero no de muerte natural, sino de una terrible lepra que lo apartó de su familia y su pueblo y falleció inmensamente solo.

El poder si no se administra correctamente convierte en seres solitarios a sus poseedores. Así le ocurrió a Uzías y así le ha ocurrido a miles que en la cúspide de su éxito se olvidan que han llegado allí porque Dios lo ha permitido. Cuando Pilato asumió esa actitud, Jesús le dijo: Ninguna autoridad tendrías si no te fuere dada del cielo.

Uzías murió de esa manera debido a que quiso ofrecer sacrificio en el templo de Jerusalén cuando esa era una atribución exclusiva de los sacerdotes. En su exitosa carrera lo único que le faltaba era fungir como sacerdote, pero no podía hacerlo porque no pertenecía ni a la casa de Aarón, ni a la familia de Leví.

El profeta Isaías nos recuerda a este personaje porque justamente en el año que murió, él fue llamado al ministerio profético. Sin quererlo o con toda la intención Isaías vincula la muerte de ese rey con su vocación al servicio de Dios. Isaías pertenecía a la nobleza hebrea y conocía bien a Uzías. Fueron contemporáneos.

Uzías tenía sorprendido a Isaías. Su sabiduría era impactante. El pueblo mismo estaba impresionado con su monarca. Y quién no. Las mentes brillantes siempre seducen y atraen, pero en el caso del profeta esa influencia no le permitió ver al Señor hasta que murió el rey.

La lección de Isaías es sencilla para ver al Señor sobre su trono debemos apartar nuestros ojos de los hombres, por más brillantes que sean. Nuestros ojos deben estar puestos siempre en el cielo de donde esperamos a nuestro Salvador. No nos debe sorprender no la inteligencia o sabiduría, sino Él que la otorga.

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