La paradoja del evangelio: para vivir hay que morir

Dice la Biblia en Juan 12:20-26

“20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. 21 Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. 22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. 23 Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24 De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.”

Introducción

Unos griegos prosélitos buscaron a Jesús y el Señor aprovechó la ocasión para distinguir claramente la diferencia sustancial que hay y habrá siempre entre los grandes maestros y pensadores de Grecia, que han influido e influyen en la forma de concebir el mundo occidental.

Jesús marcó clara y totalmente que a pesar del fecundo pensamiento de los filósofos griegos, la enseñanza suya distaba mucho de alcanzar el nivel que el evangelio de Cristo tenía y tiene. Al buscar el sentido de la vida las buenas nuevas de Jesús sobre pasan en mucho a la aportación de aquella.

No debemos de perder de vista que en Grecia fue el lugar donde los hombres discutieron por siglos aspectos de la vida que en otros lugares ni siquiera se pensaba. Ellos reflexionaron sobre el origen del mundo, el propósito de la vida y en consecuencia del hombre sobre la tierra.

La filosofía griega planteaba un interrogante que hoy en día sigue acercando a muchos a esa cultura: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué existimos? ¿Hacia dónde vamos, de dónde venimos?.

Platón, Sócrates y Aristóteles fueron filósofos que dejaron plasmadas sus aproximaciones, que si bien ayudan a entender un poco la naturaleza de la vida y del ser humano, jamás se pueden comparar con las sencillas verdades que Jesús planteó para entender de dónde venimos, a dónde vamos y por qué somos como somos.

Las palabras de Jesús al tratar de ser entrevistado por los griegos nos ayudan a entender que clase de maestro seguimos nosotros y qué espera de nosotros. Jesús se distingue claramente de todos los filósofos griegos porque ninguno de ellos autoproclamó ser la verdad como Jesucristo si lo hizo.

Indudablemente se reconoce la aportación de ellos. Su persistencia para usar la razón y sus postulados sobre la lógica han trascendido hasta nuestros días. Pero la esa lógica sencillamente no opera en Cristo. Porque la cruz siempre será locura para la “razón”.

Cristo enseñó que para vivir hay que morir, una contradicción que rompe con toda lógica, porque se supone que para vivir hay que huir siempre de la muerte.

La paradoja del evangelio: para vivir hay que morir

I. Como el grano
II. Para no perderla, sino ganarla
III. Porque tiene una recompensa

I. Como el grano

El grano de cualquier cultivo para dar fruto tiene que morir. Si no muere queda solo. Para que dé fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno es necesario que se extinga. La muerte, entonces, no es una opción, sino el único camino a seguir en la vida cristiana.

El Maestro nos enseñó con el ejemplo. En Él estaba la vida, pero tuvo que morir. Era algo completamente ilógico y absurdo o contradictorio. El autor de la vida no tenía porque padecer y morir y mucho menos de la manera en que padeció y murió, por medio de la cruenta cruz.

Todos los que se dedican a sembrar entienden bien esta explicación. La única manera de que una semilla produzca nunca será contemplándola o guardándola en una vitrina. Tiene que ser sembrada en la tierra y una vez sembrada allí ese grano no se vuelve a ver físicamente, pero si convertida en otros muchos granos.

Así tuvo que ser en la vida de Jesús. El fue como una semilla que tuvo que ser “sembrada” para que diera fruto. El fruto de la vida eterna para todos aquellos que creyeran en él.

II. Para no perderla, sino ganarla

Frente a este ejemplo de Cristo de morir para vivir, los creyentes y todos los seres humanos tenemos solamente dos opciones que Jesús plantea en estas palabras que dirigió a los griegos, hombres muy dados a cuestionar todo lo que sucede en el mundo buscando siempre una explicación lógica.

A. El que ama su vida, la perderá

Los hombres podemos amar mucho nuestra vida, que significa evitar a toda costa sufrir por nuestra fe o sufrir por los demás. Jesús enfrentó durante su ministerio hombres que amaron más su vida que a Él. El joven rico fue uno de ellos. Amó más su vida que a Cristo.

Algunas versiones traducen esta frase así: “si ustedes consideran que su vida es más importante que obedecerme”, para resaltar el sentido de las palabras de Jesús, lo que nos permite entender que las personas que perderán su vida son aquellas que no quieren obedecer a Cristo.

¿A qué vida se refiere Jesús aquí? Podemos decir que se refiere inicialmente a la vida eterna, pero también puede aplicarse la vida física. Una persona que solo quiere vivir para sí tiene el grave riesgo de morir antes de lo que debería de partir de este mundo.

B. El que aborrece su vida en este mundo

Hacer a un lado nuestro egoísmo es la manera de ganar la vida eterna. Cristo dijo que la manera en la que vivimos en este mundo define nuestro destino final. Para entender bien que quiso decir Cristo con esta frase otras versiones nos pueden ayudar.

Por ejemplo la Traducción al lengua actual dice: “Pero si consideran que su vida no es importante en este mundo y me obedecen” que nos ayuda a comprender que quien descubre y vive haciendo a un lado los deseos de este mundo en su vida, es alguien que ha entendido que es necesario morir para vivir.

Este es el reto más grande del cristianismo porque es la síntesis de negarse así mismo, cargar su cruz y seguir a Jesús con todos sus desprecios que sufrió, con todas las burla que soportó y, sobre todo, aceptando hacer la voluntad del padre siempre y no la suya.

Cristo quería y quiso dejar bien en claro que nosotros debemos de morir a nosotros mismo. Pablo lo expresó de la siguiente manera: “Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya vivo yo, más vive Cristo en mí, y lo que ahora vivo en la carne lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó así mismo por mí.

Juan lo comprendió de otra manera cuando le dijeron que si él era el Cristo y respondió que no, que él no era. Y agregó “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.

III. Porque tiene una recompensa

Vivir así para muchos no es vida, porque es una existencia como la de Juan el Bautista viviendo en el desierto, sin placeres y sin disfrutar absolutamente nada de lo que hay en este mundo y eso resulta para algunos simplemente una locura.
Pero vivir muertos para nosotros y vivos para Cristo tiene al menos también dos recompensas que bien valen la pena porque constituyen uno de los grande bienes a los que los hijos de Dios podemos aspirar.

A. Donde Cristo esté nosotros también estaremos

La turbulencia que implica amar a Dios en este mundo que aborrece todo lo de Dios fue prevista por Cristo. A él lo llamaron Belzebú, qué podemos nosotros esperar, nada diferente, pero en medio de esa circunstancia, Cristo le dijo a sus seguidores lo siguiente:

En la casa de mi Padre mucha moradas hay, si así no fuera, yo os lo hubiera dicho. Voy pues a prepararles lugar para que donde yo este, vosotros también estéis. Cristo prometió a sus seguidores que quienes renuncia a su vida en este mundo estarían con él. Que excelente compañía.

B. Mi padre le honrará

En ambas promesas, Cristo expresó que quienes “me sirvan” para resaltar que sus seguidores tenían como principal encomienda servir. Marcos en su evangelio señala con toda claridad el objetivo del ministerio de Cristo: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”.

Cristo cumplió con esta responsabilidad y fue honrado con un nombre que es sobre todo nombre. Los creyentes serán reconocidos por su servicio a Dios. Ese es el sentido de la expresión honra.

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