Contener nuestros pies del mal

Dice la Biblia en Salmos 119: 101

“De todo mal camino contuve mis pies, para guardar tu palabra.”

La Nueva Versión Internacional traduce este texto así: “Aparto mis pies de toda mala senda para cumplir con tus mandamientos.” Con esta versión podemos entender que el estudio, la meditación, reflexión y poner en obra la palabra de Dios nos obliga a renunciar al mal en todas sus manifestaciones.

La obediencia a la palabra de Dios impone a quien quiera vivir ajustado a la voluntad de Dios, renunciar absolutamente a aquellos caminos que conducen al mal y en consecuencia nos llevan al pecado porque es incompatible vivir en el pecado y a la vez obedecer a Dios. O somos esclavos de Cristo o somos esclavos del pecado.

El salmista que disfruta guardar la palabra de Dios se abstiene de practicar la maldad. Él ha optado o decidido con determinación adentrarse en la Escritura aunque ello implique dejar de lado sus placeres, sus deseos o los apetitos de su vieja naturaleza.

Y no puede ser de otra manera. La Biblia es un libro santo y quien se adentra en su páginas debe estar consciente que poco le ayudará a quien quiere seguir viviendo su vida de acuerdo a sus propios criterios, que generalmente siempre son equivocados y perversos, y requiere buscar siempre el bien.

Al hablar del mal, los hombres tenemos un doble problema. Y digo hombres porque es igual, aunque en menor medida para el creyente, la lucha que sostenemos contra la maldad. El mal está en el mundo y en nuestro ser con la naturaleza caída que nos impulsa a la maldad.

No es fácil esta decisión, pero se tiene que tomar. El estudioso de la palabra de Dios para obedecerla ha de encomendarse a Dios para evitar a toda costa ser derrotado por lo malo a fin de que pueda adentrarse en el estudio y obediencia de la Escritura en su existencia.

De no tomar esta decisión estaríamos cayendo en lo que censuró Pablo cuando escribió: La luz no tiene comunión con las tinieblas. La Biblia es nuestra gran guía o nuestro gran manual para confrontar la maldad que se aparece por aquí y por allá dispuesta a devorarnos.

Poner por obra la palabra de Dios nos ayuda a derrotar todo lo malo y salir bendecidos en esa lucha por la que Jesús nos enseñó a orar diciendo: Líbranos de todo mal.

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