La muerte no podía retener a Cristo

Dice la Biblia en Salmos 16: 8-11

“A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. 9 Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; 10 porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. 11 Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.”

Introducción

El día de Pentecostés, el apóstol Pedro utilizó estos cuatro versículos para explicar la resurrección de Cristo. Fueron escritos mil años antes de la muerte y resurrección del Señor por el rey David de manera profética de lo que habría de ocurrirle al Mesías sufriente descrito por el profeta Isaías.

De esta forma podemos afirmar categóricamente que la resurrección de Cristo fue un hecho anticipado por el Espíritu Santo, pero a los ojos de los judíos siempre quedó velado, como otros muchos misterios, como los llama Pablo, como la iglesia, el Espíritu Santo, entre otros que quedaron revelados en el Nuevo Testamento.

El salmo dieciséis nos da cuenta entonces del formidable milagro que sustenta la fe de los creyentes. Cristo no murió, sino que volvió a la vida porque la muerte no podía con él.

David contempló la resurrección de Cristo y se gozó con ella. Tal vez sin saberlo nos ofrece detalles importantísimos para entender ese formidable evento. Nos acerca de manera sencilla a un milagro difícil de entender y comprender a la mente humana y que se cree y se acepta solo por fe.

Pedro guiado por el Espíritu Santo utilizó este pasaje conocidísimo para los judíos para anclar de él la predicación del evangelio a los hebreos que entonces entendieron por qué David escribió ese pasaje y su verdadero significado porque nadie se atrevió a refutarlo.

La muerte no podía retener a Cristo

I. Porque estuvo, está y estará siempre a la diestra de Dios

En el evangelio de Juan 17:5 encontramos “Y ahora, glorificame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía antes que el mundo existiera.” Con esa frase comprendemos que Jesús siempre estuvo junto a Dios. Ese fue su lugar desde la eternidad y sólo para salvar al mundo se separo de allí momentáneamente.

La frase escrita por David “A Jehová he puesto siempre delante de mí, porque está a mi diestra no seré conmovido” nos ofrece esa perspectiva. Las palabras de David son en realidad las palabras del Cristo encarnado. Él estuvo a la diestra de Dios y no sería de allí removido, como se puede entender la expresión “conmovido”.

Para entender la resurrección de Cristo debemos de partir del hecho de que siempre tuvo un lugar de privilegio y si bien fue dolorosa la separación que experimentaría durante su muerte, siempre tuvo la certeza de que el lugar que tenía no lo perdería nunca.

La frase la diestra de Dios, Jesús la utilizó en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, en los discursos poco antes de su detención. Así por ejemplo en Mateo 26: 64 la encontramos, al igual que en Marcos 14: 62 y Lucas 22:69 siempre señalando su posición que tendría una vez derrotada la muerte.

Pablo y los demás escritores del Nuevo Testamento tuvieron también esta idea según leemos en los siguientes pasajes: Hechos 7:55-56, Romanos 8:34, Colosenses 3:1, Hebreos 10:12 y 12:2 y 1 Pedro 3:22. La expresión “diestra de Dios” nunca debe entenderse como un lugar porque Dios no tiene diestra ni siniestra, es decir, ni mano derecha ni mano izquierda, pues es espíritu, sino más bien se refiere a su poder.

Ese fue el poder que hizo que Jesús derrotara a la muerte y esa es la razón por la que no lo pudo detener.

II. Por eso siempre tuvo confianza

Aunque su humanidad se estremeció por el dolor y sufrimiento que experimentaría, Jesús tuvo plena confianza en Dios, ante esos tres días en los cuales estaría separado de Dios. Por primera vez estaría rota su comunión con el Padre y eso lo hizo conmoverse hasta las entrañas, según leemos el relato de la oración en el Getsemaní.

Esa confianza se manifestó, según leemos en el versículo nueve de tres maneras:

A. Se alegro mi corazón

El ser completo de Cristo se alegro porque la muerte no iba a retenerlo. El corazón en el hebreo siempre se refiere a la parte más intíma del ser humano. Y toda la naturaleza humana del Señor se alegro porque la muerte sería derrotada total y absolutamente en la cruz del calvario.

B. Se gozó mi alma

La parte inmaterial de Cristo también se gozó porque la lucha que enfrentaría por librar a la humanidad del pecado sería ganada por el auxilio y el apoyo del Dios del cielo y de la tierra.

Ambas actitudes que leemos en el versículo nueve tienen como fondo que su carne, aquí quiere decir, cuerpo reposaría confiadamente. Cristo se humilló hasta la muerte y muerte de cruz porque durante los tres días de su muerte, su cuerpo reposaría confiadamente.

III. Porque siempre tuvo seguridad

Según leemos en el versículo diez hay dos certezas que Cristo tenía y que nosotros debemos tener cuando hablamos o pensamos en la resurrección:

A. No dejarás mi alma en el seol

Algunas versiones en lugar de “seol” utilizan la expresión “sepulcro” que en nuestro español sería “tumba”. Cristo tenía la plena seguridad que su cuerpo no quedaría para siempre en la tumba que José de Arimatea había puesto a su disposición, sino que de allí saldría victorioso.

La resurrección de Cristo nos enseña que la vida del hombre no queda en el sepulcro. No termina allí como no terminó allí la del Señor. En el caso de él y de todos los creyenbtes les espera la resurrección a la vida y en el caso de los incrédulos a condenación.

B. Ni permitirás que tu santo vea corrupción

El cuerpo de Cristo no se descompondría como ocurre con los muertos en un sentido literal, pero en un sentido amplio tanto Cristo como sus seguidores no experimentarían jamás la corrupción producida por el pecado. Nosotros podemos confiar al igual que él que seremos transformados en un abrir y cerrar de ojos.

Y esto mortal se vestirá de inmoratilidad y esto corrupto se vestirá de incorrupción, de acuerdo a lo escrito por el apóstol Pablo en la 1ª Carta a los Corintios 15.

El salmo termina recordándonos lo que nos espera en la presencia eterna de Dios: la senda de la vida, plenitud de gozo y delicias a su diestra para siempre.

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