Lección bien aprendida

Dice la Biblia en Salmos 119:102

“No me aparté de tus juicios, porque tú me enseñaste.”

Dios tiene un diseño sumamente interesante para ensañarnos su palabra. Nuestros primeros maestros deben ser nuestros padres. En el pueblo judío eran los primeros instructores. Ellos tenía la responsabilidad de educar en el conocimiento de la Escritura a sus hijos. Por supuesto que ellos tenían que conocerla.

Cuando ellos la desconocían y en consecuencia sus hijos la ignoraban, entraba el profeta que redireccionaba al pueblo hebreo en el conocimiento de Dios. Obedecer la voz de Dios a través de estos hombres garantizaba la supervivencia y la estabilidad de la familia y la nación.

Pero cuando a los padres y a los profetas se les ignoraba, entonces entraba Dios mismo para enseñar a su pueblo. La lección que Dios dio es sencillamente inolvidable y absolutamente clara, tanto así, que quienes la recibían nunca más se apartaban de los caminos de Dios.

El salmista escribe en el texto que hoy reflexionamos que su enseñador es Dios mismo y las lecciones que ha aprendido de Él son tan claras y precisas, tan bien enseñadas y comprendidas que no se ha apartado de ellas.

Los hijos de Dios y el pueblo del Señor tenemos a veces la tentación de apartarnos de los caminos de Dios y luchamos intensamente contra el deseo de nuestra naturaleza caída que nos lleva alejarnos de Dios, pero una lección bien aprendida nos ayudará siempre a desistir de este tipo de equivocaciones.

Pidámosle al Señor que nos enseñe él mismo, para no apartarnos de su senda.

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