La casa del Señor

Dice la Biblia en Salmos 23:6

“…Y en la casa de Jehová moraré por largos días.”

David cultivó un profundo anhelo por la casa del Señor. En sus días todavía no estaba construido el templo de Jerusalén. El arca del pacto, símbolo de la presencia de Dios, habitaba todavía en el tabernáculo o tienda y era el lugar donde los judíos se encontraban con su Dios.

Ni siquiera existía Jerusalén porque David aún no conquistaba el monte de Sion y conquistaba a los jebuseos que la habitaban, pero David tenía un proundo y ferviente deseo por pasar muchos días en ese lugar. Deseaba con todo su ser vivir o hacer su morada en ese lugar allí. Ese es el sentido de la expresión “moraré”.

David quería vivir literalmente bajo la presencia de Dios. Despertar, caminar, dormir siempre bajo la gloriosa y poderosa manifestación del Señor que conoció desde muy joven y quien lo protegió siempre como él protegía sus ovejas.

David nos enseña en esta plegaria que el mejor lugar en el que uno puede ser protegido es precisamente la casa del Señor. En ese espacio siempre encontraremos a Dios y sabrá librarnos de todo mal, sabrá cuidarnos aún de nosotros mismos o de nuestros adversarios.

La casa de Dios constituye el mejor lugar para los seres humanos porque allí se encuentran con el Todopoderoso. El que hace que nada nos falte, el que nos pastorea por delicados pastos y junto aguas de reposo nos hace descansar. El que nos reconforta en esas horas aciagas que llegan a nuestra vida.

El que nos infunde aliento cuando desmayamos por nuestras equivocaciones y nos corrige con su amorosa disciplina cuando pecamos contra él.

Por esa y por muchísimas más razones, David quería morar por largos días en la casa del Señor y por esas mismas razones nos invita a tener el mismo sentir que él, quien encontró en Dios siempre su refugio.

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