La dulzura de la palabra de Dios

Dice la Biblia en Salmos 119: 103

“¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca.”

El salmista está recurriendo a una figura retórica o poética para expresar el placer que encuentra en la palabra de Dios. Un placer todavía más grande o superior que el de alguien que disfruta la miel, un producto que resulta excesivamente deleitoso para el paladar de cualquier persona.

¿Por qué comparar la Escritura con la miel y ponerla por encima de ella? Porque la miel resulta irrestible y así de irresistible debe ser la palabra de Dios para quien desea compenetrarse en ella. También porque el producto de las abejas constituye un alimento y así debe considerarse la palabra de Dios.

El salmo ciento diecinueve es un acróstico dedicado exclusivamente a hablarnos de la Biblia en sus diferentes nomenclaturas o nombres: estatutos, ley, decretos, palabras, mandamientos, testimonios y dichos para hacernos comprender la importancia que tiene su estudio, reflexión, meditación y puesta en acción.

El estudiante de este bendito libro ha de encontrar primeramente gozo y regocijo en el estudio de la Escritura, no tedio, ni tampoco aburrimiento, sino siempre disfrute y deleite al sumergirse en sus historias y en sus enseñanzas, todas ellas nacidas del corazón de Dios para enseñarnos su voluntad.

La Biblia es un volumen con sesenta y seis libros que resultan siempre atractivos para quien ha aprendido a disfrutarlos. Bajo ninguna razón debe convertirse en una carga pesada para quien los estudia por el contrario se debe convertir en una experiencia todavía más superior a la que se tiene cuando probamos la miel.

Las historias y personajes que encontramos en la Escritura siempre nos sorprenderán y nunca dejarán de enseñarnos lecciones de vida, pero para ello debemos estar siempre dispuestos a adentrarnos en sus páginas con la mejor de las actitudes, a fin de que gocemos con su lectura y meditación.

El autor de este texto quiere contagiarnos de su alegría al momento de abrir la palabra de Dios. Quiere que nos deshagamos de toda pereza y fastidio y disfrutemos estar ante la revelación del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, quien nos muestra la senda de la vida a través de su bendita Escritura.

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