La esposa como extensión del cuerpo de su esposo

Dice la Biblia en Génesis 2: 23

“….Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…”.

Estas fueron las palabras con las que reaccionó Adán al despertar y encontrarse con Eva. Definitivamente no pudo ocultar ni su emoción ni su alegría al conocer a la que habría de convertirse en su compañera de vida en el huerto del Edén donde lo único que faltaba luego de que Dios creara todo era precisamente compañía para él.

La expresión es evidentemente una figura poética para expresar que ninguno de los seres creados a los que había puesto nombre podía compararse con Eva que llenaba todas sus expectativas y que lo hacía sentirse completamente distinto con solo verla y sentir que formaba parte de su existencia misma.

La reacción de Adán nos permite entender la manera que el hombre necesita ver a su pareja para construir una relación sólida, una relación resistente a los avatares de la vida y sobre todo una relación a prueba de las más duras y complejas dificultades que se han de enfrentar durante la vida matrimonial.

El hombre tiene que mirar a su esposa como una extensión de su propio cuerpo. Para protegerla y cuidarla como se cuida uno mismo. Pablo decía al respecto “porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo sino que lo cuida y lo sustenta” y así idénticamente debe comportarse el hombre en relación con su amada consorte.

Sólo mirando a su esposa como una extensión de su propia existencia el varón puede destruir el egoísmo que todos los seres humanos tenemos y que aparece justamente cuando nos casamos porque entonces debemos dejar de pensar en nosotros mismos para comenzar a pensar en nuestra pareja.

Pero además de deshacernos de nuestro egoísmo la frase “hueso de mis huesos y carne de mi carne” nos enseña la importancia de mirar a nuestro conyugue como la personas más adecuada para nuestra existencia. Dios no se equivocó cuando creó a la mujer porque la creó o diseñó exactamente de acuerdo a las necesidades de Adán.

Ninguna de las especies a las que Adán puso nombre podía resultar tan idónea como Eva y por eso el primer hombre pudo decir con toda franqueza y con toda seguridad que ella era parte de su misma existencia.

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