Fuego

Dice la Biblia en Apocalipsis 1: 14

“…sus ojos como llama de fuego.”

Juan describe al Hijo del Hombre y cuando llega a sus ojos los califica como “llama de fuego”. El símil que ocupa revela mucho de la condición o la manera en que Jesucristo retornará a la tierra porque esta misma frase se repite en Apocalipsis 19:12.

Estos son los tipos de descripciones que convierten al último libro de la Biblia en un volumen perturbador para algunos, misterioso para otros e inentendible para los más, sin que ese sea el propósito de Dios al dejarnos el testimonio de sus juicios y retorno.

Decir que los ojos del Hijo del Hombre eran como “llama de fuego” señala inequívocamente dos aspectos fundamentales de su retorno: sus ojos apuntan a su omnisciencia, es decir resalta su poder de ver y saberlo todo. Y el fuego, que en la Escritura generalmente se asocia a la prueba y al juicio divino deja entrever que él regresará como un juez justo.

Jesús regresará a juzgar a todos los seres humanos: creyentes o no creyentes bajo un escrutinio y revisión exhaustiva de lo que hicieron o dejaron de hacer durante su vida.

Su presencia revelará sin error la motivación de los corazones y entonces cada obra de cada creyente será puesta en balanza, no para decidir su salvación, sino para conocer sus motivaciones. Porque sus “ojos como llama de fuego” miran más allá de lo que los hombres pueden ver.

En el caso de los incrédulos serán juzgados bajo esa misma tónica, pero sobre ellos se definirá su destino eterno y conocerán todas las veces que tuvieron oportunidad de acercarse a Dios y lo rechazaron. Cada oportunidad será revisada y señalada para hacerles ver que a todos se les brindó una o más ocasiones para arrepentirse.

Así será en el tiempo final, sin embargo los creyentes no debemos esperar a que llegue ese momento, sino que conduzcámonos desde ahora con integridad porque David al hablar de la omnisciencia divina dijo: “Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz”. (Salmo 139:12).

Así no tendremos nada de que avergonzarnos cuando lleguemos a su presencia.

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