Amor y sujeción

Dice la Biblia en Génesis 12:13

“…di que eres mi hermana para que me vaya bien por causa tuya…”.

La sujeción de la esposa al esposo en el matrimonio es uno de los temas más complejos en la relación matrimonial. Si de por si obedecer al marido es complicado aún cuando lo que se le pide es bueno y benéfico tanto para ella como para él, es todavía más complejo que la conyugue se someta a una solicitud que va en contra de la verdad.

Al esposo a pesar de lo necesario que resulta para él no estar sólo y tener su ayuda idónea siempre, también le resulta complicado amarla con todo su ser y muchas veces se comporta con egoísmo y preocupación sólo por él, por lo que siempre debe recordar que su esposa es una extensión de sí mismo para cuidarla y atenderla.

El matrimonio pide a los esposos amar a su esposa y a las esposas obedecer a su marido. De la aceptación de tales regulaciones dependen en mucho el buen funcionamiento de esta noble relación. La mayoría de los divorcios en todos los tiempos tiene como origen la falta de ambos valores.

La historia de Abram y Saraí nos enseña como estos dos gigantes espirituales lidiaron con el amor y la sujeción. Y quizá su mejor enseñanza fue con un ejemplo negativo. A veces se aprende mejor con un mal ejemplo que con uno bueno.

Abram y Saraí salieron de Ur y llegaron a Canaán, pero durante su estadía en la tierra que Dios le mostró para sus descendientes se desató una hambruna de proporciones enormes que obligó al patriarca a dirigirse a Egipto para conseguir alimento para toda su familia, un trayecto largo y peligroso.

Justo al llegar a la tierra de los egipcios, Abram hizo una inusual petición a su esposa: le solicitó que al entrar a Egipto dijera que ella no era su esposa sino su hermana. Saraí era muy hermosa y alguno de los habitantes de ese lugar, podría gustarle y quitar de en medio a su esposo y para salvaguardar su existencia prefirió pasar como su hermano.

El padre de la fe dudó un instante de que Dios podía guardarlo, pero Saraí se comportó a la altura puesto que acató la decisión que su consorte había tomado y al llegar a Egipto fue presentada como la hermana de Abram, una acción que, además de ser mentira, denigraba a Saraí, quien se sujetó a su marido.

La historia hasta aquí parece injusta porque si nos quedaramos con esta parte del relato parecería que las mujeres o las esposas no tienen otra obligación que sujetarse aún cuando lo que se les pida sea algo que les dañe. Pero la historia termina cuando Dios mismo interviene para cuidar y proteger la integridad moral, espiritual y física de Saraí.

Dios mismo intervino y envió plagas para evitar que los egipcios tomaran por mujer a la esposa de Abram. Dios siempre premia la obediencia.

La historia de Abram y Saraí en Egipto nos enseña la virtud de la sujeción. Es cierto y no se puede negar que fue una acción egoísta de Abram, pero la obediencia de Saraí fue premiada con la intervención de Dios que veló porque a su hija nada le pasara, en vista de que obedeció a su marido.

A Abram le quedó claro que antes que su esposa, Saraí era una hija de Dios, amada profundamente por su Creador. Al amarla Abram comprendió que estaba imitando a Dios, a quien obedeció al salir de Ur y a quien sirvió con todo su corazón. Abram entendió también que al amar a su esposa cumplía cabalmente con la voluntad de Dios.

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