Enseñados por Dios

Dice la Biblia en Salmos 119:108

“Te ruego, oh Jehová, que te sean agradables los sacrificios voluntarios de mi boca. Y me enseñes tus juicios.”

El salmista le da a Dios su alabanza y le pide a Dios dos cosas: 1. Que se agrade de ella y 2. Que le enseñe su palabra. Combina de esta manera la adoración y exaltación que él le puede dar a Dios y lo que él puede recibir del Señor. Él quiere que lo que le da a Dios sea agradable delante de su Creador y como una contraprestación reciba la enseñanza de la Escritura.

El autor del texto que hoy meditamos sabe exactamente que lo único que puede ofrecer al Señor es su adoración y por eso le pide que sea de calidad. Como es lo único que puede dar no se puede dar el lujo de ofrecer algo que desagrade a Dios, sino buscar por todos los modos posibles que sea como incienso grato.

Hace esta súplica porque requiere ser enseñado por Dios y esa petición encierra toda una aventura porque cuando hacemos al Señor nuestro maestro o pedagogo de la palabra de Dios nos sometemos al magisterio de un ser inmensamente sabio que recurriría a toda clase de métodos para que nosotros aprendamos bien su bendita palabra.

Las lecciones que Dios nos dará no estarán exentas de “incomodidad” y “exámenes” que pondrán a prueba nuestros conocimientos adquiridos porque cuando le pedimos a Dios que sea el quien nos enseñe la Escritura estamos aceptando recibir clases que serán evaluadas para afirmar o reafirmar nuestros conocimientos.

La pedagogía del Señor es impecable: sus enseñanzas suelen ser muy claras e inolvidables de tal manera que sus alumnos difícilmente olvidarán lo aprendido, aun cuando para ello recurra a recursos que no precisamente sea del agrado de sus estudiantes.

Y justamente allí es donde se liga la adoración a Dios con la enseñanza. Cuando la disciplina para estudiar la Biblia se haga más fuerte no debemos perder ni el ánimo, ni el entusiasmo y debemos alabarlo con todo nuestro corazón y no solamente con nuestros labios sino con todo nuestro ser para que se agrade de nuestra exaltación.

Tener a Dios como nuestro enseñador es una gran bendición porque es el mejor Maestro que podemos tener.

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