La fe en los matrimonios

Dice la Biblia en Génesis 18: 12

“Se rió, pues, Sara entre sí, diciendo: ¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor, ya viejo?”.

Dios le prometió a Abraham un hijo. No tendría nada de extraordinaria esta promesa de no ser porque Abraham era muy anciano y su esposa Sara también y además su consorte era estéril. Las probabilidad para procrear eran infinitamente nulas, pero el Dios Todopoderoso les prometió descendencia.

Abraham tomó la promesa con toda la reverencia. El plan divino era hacer de este hombre una nación tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar. Pero Sara no. Sara tomó la determinación con hilaridad y hasta como una broma porque ella había pasado ya por la menopausia y difícilmente podría engendrar.

Es interesante notar que la Escritura subraya que Sara se rió. No es casual, ni anecdótico. La risa de la esposa de Abraham fue tomada por Dios como un acto de incredulidad, como una forma de poner en duda las palabras del Señor. Toda una equivocación que Dios tuvo que corregir al decir que para él no hay nada imposible.

Finalmente, Sara depuso su actitud inicial de incredulidad y se sumo a la fe de su esposo en una clara muestra que un matrimonio para alcanzar las promesas que Dios les ha dado tienen que caminar juntos en un mismo sentir. Para acompañar al padre de la fe, Sara necesitaba también esa misma clase de fe.

Una matrimonio debe tener fe. Fe como confianza en Dios. En los momentos difíciles y complicados que depara la vida ambos requerirán sostenerse en el Señor porque la vida en pareja de pronto trae consigo situaciones como la enfermedad, las carencias y los problemas en general en los que ambos requerirán echar mano de la confianza en Dios.

Sara no fue excluida del plan de Dios en la vida de Abraham, pero para ser partícipe de los planes de Dios debía de cambiar su falta de confianza en una seguridad total y absoluta de que Dios cumple siempre sus promesas, por más descabelladas o difíciles que parezcan. Humanamente ella no podía tener hijos ya, pero Dios le dijo que sí y lo hizo.

Un matrimonio sin fe navegará a la deriva y las tormentas de la vida pondrán en riesgo siempre su cohesión y unidad. Ambos necesitan una vida anclada en la esperanza de que Dios no miente, ni es hijo de hombre para que se arrepienta.

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