Apurando las promesas de Dios

Dice la Biblia en Génesis 16:2

“…Ya ves que el Señor me ha hecho estéril; te ruego, pues, que te llegues a mi sierva…”.

La promesa que Dios le dio a Abraham que tendría un hijo tardo un breve tiempo, pero fue suficiente para desesperar a Sara, quien al ver pasar los años y no quedar en cinta, ideó una manera de “ayudar” a Dios en esta tarea o buscó un atajo para alcanzar la promesa divina de tener descendencia.

En aquellos días los esclavos eran propiedad de sus amos y si uno de los señores tenían un hijo con alguna de las criadas automáticamente se convertían en sus vástagos. Sara y Abraham tenían una sierva llamada Agar y a Sara se le hizo muy fácil decirle a su esposo que le levantará descendencia por medio de esa mujer.

Pero los resultados fueron desastrosos. En efecto la mujer quedó embarazada. Tuvo un hijo de Abraham y todo hasta allí parecía un éxito en el plan de Sara, pero con lo que no contaba la esposa de Abraham es que Agar comenzó a menospreciarla y hacerla sentir muy mal por su condición de estéril. Lo que no pudo resistir y le llevó a arrepentirse de tal decisión.

Y es que siempre será un desastre tratar de “ayudar” a Dios a cumplir sus promesas. Y máxime en la relación esposo-esposa. Donde se requiere y se necesita siempre un mismo sentir de los consortes para alcanzar la bendición del Todopoderoso dejándolo a Él actuar soberanamente, en sus tiempos y en sus ocasiones.

Dios le había prometido un hijo a los dos: a Abraham y Sara. No solo a Abraham. Sara se excluyó por resaltar la dificultad que tenía para procrear y Abraham por creerle y no ayudarle a mantener su fe y Dios habría de cumplir porque Dios jamás miente y jamás deja de cumplir sus compromisos.

Bajo esas premisas debemos mantener siempre nuestra fe y esperanza en lo que el Señor ha comprometido y debemos evitar a toda costa “ayudarlo” o como decimos aquí en Oaxaca “echarle una manita” porque Dios no lo necesita ni lo requiere.

A Sara se le olvidó, como muchas veces se nos olvida a nosotros, que todas las promesas llegan justo a su tiempo. Nunca antes, ni después, sino justamente cuando las necesitamos porque, entonces, así las disfrutamos mejor.

El matrimonio de Abraham y Sara descubrió y aprendió dolorosamente que cuando queremos adelantar los tiempos del Señor los resultados son un verdadero desastre.

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