Amor que consuela

Dice la Biblia en Génesis 24: 67

“…y tomó a Rebeca por mujer, y la amó; y se consoló Isaac después de la muerte de su madre.”

Sara ya no pudo ver casado a su hijo Isaac con Rebeca. Murió unos años antes. Abraham vio que la muerte de su mamá había afectado seriamente a su hijo y entonces decidió casarlo. Para ello envió a un siervo suyo a su tierra, Ur, para que de allí le trajera a la que habría de ser su nuera en una trepidante y emocionante intervención divina para escoger a Rebeca.

Un viaje largo a tierras lejanas trajo consigo la bendición de encontrar para Isaac a Rebeca quien habría de ser la madre de dos hijos, Esaú, el primogénito y Jacob. Gemelos que nacieron solo por diferencia de segundos, pero que por haber dado a luz primero a Esaú le fue entregada la primogenitura.

Moisés el autor del libro de Génesis se detiene por un momento para hablarnos de los efectos que causó en el joven Isaac su matrimonio con Rebeca. Moisés dice primero que la amó. A pesar de que no fue una elección suya propiamente, sino una elección de su padre guiado por el Señor, él determinó amar a esa mujer. El amor bíblico es un acto de la voluntad, más que una emoción.

Luego dice “se consoló después de la muerte de su madre” para señalar la tristeza que por muchos meses acompañó al hijo de Abraham y Sara. Una tristeza propia de quien pierde a uno de los seres más queridos que los seres humanos podemos tener en la tierra. Por el texto podemos entender que Isaac estaba inconsolable por la desaparición física de su mamá.

Pero el matrimonio fue el elixir, la sanación o la cura de ese dolor. En el amor a su esposa, Isaac encontró el bálsamo que extirpó el sufrimiento que le propinó el deceso de su madre.

El matrimonio, entonces, tiene el gran valor de alejarnos del sufrimiento porque en el amor a la pareja descubrimos un nuevo mundo. Su ternura y su cariño y sus caricias nos satisfacen el alma de tal manera que podemos encontrar una nueva razón para vivir, un propósito que llena de vitalidad nuestra existencia.

El matrimonio nunca fue pensado para hacer sufrir ni al esposo ni a la esposa. El diseño de la relación matrimonio tuvo como objetivo central que el hombre y la mujer no estuvieran solos y se complementaran para sobrellevar los difíciles y tormentosos momentos que a veces trae la vida.

El pecado es el que lleva a hombres y mujeres al egoísmo y ha convertido el matrimonio en una fuente inagotable de sufrimiento. Pero ese no fue el motivo por el que Dios lo creó.

La mayoría de los códigos civiles de México dicen que el matrimonio es un contrato que celebran el esposo y la esposa para sobrellevar las cargas de la vida. El matrimonio de Isaac y Rebeca nos revelan que ese fue su caso.

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