El Señor del reino animal

Dice la Biblia en Jonás 2:10

“Y mandó el Señor al pez, y vomitó a Jonás en tierra.”

El libro de Jonás es un fascinante relato sobre un profeta que es enviado a una ciudad llamada Nínive a predicar para que sus habitantes se arrepientan y sean perdonados, pero en lugar de ello, su siervo huye de la presencia de Dios hasta el otro extremo de Nínive a una ciudad llamada Tarsis, para evitar cumplir con su misión.

En su loca huida, el profeta toma un barco para dirigirse a Tarsis, Dios entonces levanta una potente tormenta y el barco parece hundirse. Dios es Señor de la lluvia. Los marinos se encuentran sorprendidos la calma y tranquilidad del mediterráneo de pronto se transformo en una tormenta tropical. Inusual en esos días y por eso interrogan a Jonás.

Jonás sabe por qué el cambio repentino del clima y la razón del embravecido mar. Lo declara y entonces pide que lo arrojen del barco y la tormenta cesará. Los marinos no le creen e intentan hacer que la nave regrese al puerto de donde recién salió, pero no lo logran. Entonces ceden a la petición del profeta. Ellos saben que es una sentencia de muerte. Nadie puede sobrevivir en el mar picado.

Pero en cuanto Jonás cae al mar, Dios tiene listo un gran pez, es decir una enorme ballena que se traga a Jonás y el estomago de ese animal se convierte en el mejor salvavidas que puede haber ante una tormenta agresiva como la que se levantó en esas horas durísimas para el profeta y sus acompañantes.

En la soledad del vientre de ese gran pez, el profeta tiene todo el tiempo del mundo (tres días con sus tres noches) para arrepentirse lo cual hace. El arrepentimiento por su conducta contraria a la voluntad de Dios provocan que en ese mismo instante Dios le da una orden a ese crustáceo y lo “vomita” a una de las playas del mediterráneo.

La expresión “mandó el Señor al pez” son la prueba inequívoca y contundente de que el dueño y quien gobierna el mundo o reino animal es nada más y nada menos que Dios. Si las hojas de una árbol no caen si no es por su voluntad, de igual modo ningún animal existe o habita bajo su propia voluntad, sino bajo la autoridad de Dios.

El reino cumple con la voluntad de Dios de manera distinta que el ser humano que se resiste y desobedece. En el reino animal Dios da una orden y los animales la cumplen de inmediato sin chistar ni quejarse por lo que el Señor ordena. A diferencia de Jonás que a la orden del Señor decidió huir, los integrantes del mundo animal obedecen rápidamente.

La lección de la ballena que “vomita” es que la obediencia que Dios espera de nosotros es aquella que se hace rápidamente, sin pretextos y sin excusas. Imagínese que la ballena hubiera salido corriendo de allí y hubiera llevado a Jonás a donde quisiera. Tal vez hubiera muerto en la inmensidad del mar, pero no fue así lo dejó justo donde Dios quería que estuviera.

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