Desoír el evangelio

Dice la Biblia en Mateo 7: 27

“y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.”

Pasar por alto las palabras de Cristo, obstinarse en seguir su propio camino y resistirnos a sujetarnos a su voluntad tiene una sola consecuencia: una ruina, pero no cualquier clase de ruina sino una “grande ruina” lo que significa una calamidad como la que produce un fenómeno natural como un temblor, una erupción volcánica o un huracán que es la descripción que hace Jesús.

Santiago dice que el que sabe hacer lo bueno y no lo hace le es pecado. Con esas palabras, el escritor bíblico resume lo que Jesús enseñó al concluir su Sermón de la montaña. Las palabras de Jesús o su enseñanza, una vez conocida nos ponen en un verdadero predicamento: o hacemos lo que dice y somos bendecidos o desobedecemos y vienen problemas para nosotros.

Cuando Jesús dio este sermón, los judíos ya tenían un cuerpo doctrinal que los fariseos utilizaban para enseñar. Los rabinos judíos tenían, además de los 613 mandamientos, una serie de interpretaciones del pentateuco que enseñaban regularmente a los estudiantes de la Torá que acudían a ellos a aprender. Su desobediencia les acarreaba una serie de sinsabores.

Por eso cuando Cristo habló de una gran ruina, sus escuchas sabían bien de que hablaba Jesús. La desobediencia siempre acarrea problemas y grandes dificultades, pero en el caso de Jesús desoírlo o desatenderlo es una locura porque sus palabras son tan sencilla de aprender que no hacerlo nos pone en una situación precaria.

Nadie que ha conocido el evangelio y lo ha rechazado le ha ido bien. Y no, no es una amenaza sino una terrible realidad. El evangelio es potencia de Dios, es poder para transformar vidas, para cambiar circunstancias y para mutar personas como leemos en el Nuevo Testamento. Esa es la grande virtud de las buenas nuevas de Jesús.

Por eso cuando alguien oye el evangelio y sencillamente le da la espalda lo que esta haciendo es arruinar su vida. Le espera en la vida tristeza y calamidad porque ha antepuesto su voluntad por encima de lo que Dios demanda.

Corramos tras las palabras de Cristo que, sí, a veces son duras y tremendas para nuestra carne, pero tienen la seguridad de guardar y guarecer nuestra vida a la hora incierta de las tormentas y los huracanes que siguiéndolo o no siempre vendrán a nuestra vida.

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