El escondite

Dice la Biblia en Salmos 119: 114

“Mi escondedero y mi escudo eres tú; en tu palabra he esperado.”

Cuando uno lee los relatos terroríficos del nazismo, resulta escalofriante conocer todos los lugares o todos los espacios donde los judíos se escondían para evitar la deportación a los campos de concentración, tratando de huir de una muerte segura mediante los más atroces métodos de aniquilación inimaginables.

Para no ser descubiertos los hebreos que vivían en Alemania o los países ocupados como Francia, Polonia, Checoslovaquia, entre otros recurrían a las cajas de los pianos, las cisternas de las casas, el sistema de drenaje, tapancos ocultos o áticos, e incluso chimeneas en las casas que tenían ésta clase de construcciones. Muchos lograron salvar así su vida y contar esos horrores.

El salmista que escribió el texto que hoy meditamos está en peligro o que esta en una situación o circunstancia muy compleja compara a Dios con un escondedero, un refugio o escondite donde puede guarecerse ante el inminente riesgo que hay para su vida. El amparo y la protección de Dios se hace patente justo cuando los hijos de Dios corren peligro o están amenazados.

A diferencia de los escondites de los judíos en la Segunda Guerra Mundial, Dios es el perfecto lugar para guardar nuestra vida porque sabrá protegernos perfectamente y librarnos de todo mal que nos acecha para destruirnos.

Cuando uno se esconde para que no lo descubran porque si lo llegan a ver o a notar su vida quedaría allí, el temor nos paraliza y la zozobra rodea nuestra vida y en algunos casos se nos hace insoportable vivir así porque todo parece perdido y ya no hay nada que se pueda hacer por nuestras vidas.

Pero justo en esas situaciones la palabra de Dios se yergue como nuestro gran auxilio o como nuestro punto de sostén. Dice el salmista “en tu palabra he esperado”. Porque en esos momentos en lo que todo parece perdido o a punto de perderse, su palabra nos fortalece y sostiene para resistir la presión que implica “estar escondido” ante el inminente peligro.

La palabra de Dios tiene la virtud de sostenernos, de mantener la fe y de sustentarnos justo en esos días en lo que parece que estamos sin compañía alguna.

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