Autoridad

Dice la Biblia en Mateo 7: 28-29

“…la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.”

Mateo concluye el Sermón de la montaña haciendo una precisión sobre el impacto provocado por Jesús con sus enseñanzas. El auditorio que había oído la predicación de Cristo había terminado admirada, sorprendida y gratamente complacida al escuchar una enseñanza distinta o diferente a la que le ofrecían los escribas.

Eran los mismo 613 mandamientos de la Torá judía de donde el Señor había construido su enseñanza, pero el tono con la que fue expuesta o presentaba distaba mucho de como acostumbraban los escribas, fariseos y maestros de la ley enseñar a los judíos que buscaban instrucción de la palabra de Dios.

Jesús enseñaba con autoridad. La palabra autoridad procede de la raíz griega “exousia” que tiene diversos usos en el Nuevo Testamento: desde poder, habilidad, influencia, un gobernante que tiene autoridad o magistrado hasta sometimiento. Lo que nos lleva a entender perfectamente la forma en que Jesús les enseñaba a sus escuchas.

Jesús enseñaba con habilidad sin ninguna clase de impedimento. Su enseñanza no tenía ninguna traba o problema de congruencia. Decía lo que pensaba y no es que gritara para imponer su opinión, sino más bien resultaban completamente irrefutable su doctrina que nadie podía negar que estaba diciendo la verdad.

La autoridad le venía del cielo y él acomodaba lo espiritual a los espiritual ofreciendo catedra magistral en medio de un pueblo siempre hambriento de las verdades divinas explicadas sencillamente. En contrate los maestros de la ley, escribas y fariseos enseñaban sin autoridad porque su vida estaba alejada de la realidad que impone la Escritura.

Evidentemente la distinción entre ambas maneras de aprender fue notoria en la vida de los judíos y por eso quedaron maravillados cuando Jesús les enseñó de forma muy sencilla y con ejemplos muy cercanos verdades espirituales que podrían parecer imposibles de obtener de historias tan sencillas, pero Jesús lo hizo.

En una ocasión, los fariseos enviaron a los guardas del templo a detener a Jesús. Los guardias fueron y regresaron sin haber podido detener a Jesús. Sus jefe se lo reclamaron, pero ellos solo atinaron a decir: “Nunca hombre alguno ha hablado así” porque habían escuchado por primera vez la Escritura explicada de manera sencilla.

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