Apártate de los malignos

Dice la Biblia en Salmos 119: 115

“Apartaos de mí, malignos, pues yo guardaré los mandamientos de mi Dios.”

Para obedecer a Dios siempre será imprescindible apartarse de aquellas personas empeñadas en desobedecerlo. Cuando la Biblia utiliza la expresión “maligno” para referirse a cierto tipo de personas lo hace para señalar claramente la triste condición de una persona atada o encadenada a su naturaleza caída o a su inclinación maligna.

El salmista quiere, desea y busca con toda su alma poner por obra los mandamientos del Señor, pero sabe perfectamente que para ello necesita hacer a un lado a quienes no tienen esa convicción o esa determinación en su vida porque se quiera o no terminarán siendo tropiezo para nuestras intenciones.

Y es que una persona que vive sujeta o gobernada a su naturaleza pecaminosa jamás podrá entender que los mandamientos de Dios no son gravosos, ni tampoco dañinos, todo lo contrario la Escritura tiene como virtud quitarnos o separarnos de todo aquellos que a la larga afectará nuestra vida y nos acerca o nos hace buscar todo lo que nos resulta benéfico.

Por eso esta clase de personas no debemos consentirlas en nuestra existencia. Debemos apartarlas de nuestro cotidiano vivir y sobre todo debemos evitar a toda costa que influyan en nuestras decisiones porque generalmente ellos buscan y se agradan de todo aquello que se opone al honor de Dios.

Un ejemplo claro sobre cómo debemos separarnos de esta clase de personas la encontramos en el libro de Isaías 6:1 que dice: “En el año que murió el rey Uzías vio yo al Señor…”, que nos lleva a comprender que el profeta Isaías sólo pudo ver y experimentar la gloriosa presencia de Dios hasta que murió el monarca Uzías.

Era un rey muy sabio, pero pecó delante de Dios cuando quiso ofrecer incienso en el templo y se llenó de lepra como castigo divino. Hasta que él murió Isaías pudo ver la gloria de Dios. El malvado fue apartado y el profeta recibió su llamamiento de parte de Dios para predicar al pueblo de Israel y llamarlos al arrepentimiento.

Para obedecer a nuestro buen Dios es necesario dejar a todas aquellas personas que tiene arraigado en su vida no considerar a Dios en ninguno de sus caminos.

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