Cuarenta años

Dice la Biblia en Deuteronomio 1:3

“…a los cuarenta años, en el mes undécimo, el primero del mes, Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todas las cosas que el Señor le había mandado.”

El libro de Deuteronomio recibe ese nombre de la versión griega del Antiguo Testamento llamada Septuaginta. Significa segunda ley o repetición de la ley. En hebreo en realidad el nombre del quinto libro de la ley mosaica es “Debarim” que sigue la tradición judía de llamar cada libro del pentateuco con las primeras letras que se citan. En este caso Debarim significa “Estas palabras”.

La generación que había salido de Egipto había muerto. Algunos por vejez y otros por la ira de Dios desatada por su testarudez y desobediencia. Sólo estaban vivos Moisés, Josué y Caleb. Todos los demás que había salido de la esclavitud egipcia había fallecido. Moisés sólo vio la tierra prometida, pero no entró a ella.

Antes de encontrarse con su Creador, Moisés tuvo una última encomienda: repetir a los hijos de Israel los mandamientos de Dios. Tal como lo había hecho cuarenta años antes, luego de descender del Monte de Sinaí, de nueva cuenta el gran líder del pueblo hebreo declaraba la palabra de Dios a su pueblo.

Desde el capítulo uno al capítulo 10 el libro de Debarim o Deuteronomio da cuenta de cada una de las palabras que Moisés dirigió a su nación. Un llamado fuerte y severo de dejar su rebeldía y servir con el corazón a su Dios. Ni su celo, ni su santidad, ni su compromiso con la Escritura había menguando un ápice.

A sus ochenta años, Moisés había recibido las tablas de la ley y las había transmitido fielmente a los judíos y cuarenta años después cuando había cumplido 120 años, con el mismo vigor y con la misma fortaleza se dirigió a ellos para llamarlos a buscar a Dios, a servirle y a entregarse con todo su corazón a amar su presencia.

Desea Dios que todos nosotros mantengamos siempre ese mismo talante o ese mismo ánimo como el de Moisés que no se quejó de no poder entrar en la tierra prometida y acató con humildad la decisión de Dios de solo ver la tierra prometida desde el monte Nebo, pero sobre todo ese compromiso con la Escritura. Cuarenta años con la palabra de Dios fielmente.

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