Seguridad para meditar en la palabra de Dios

Dice la Biblia en Salmos 119: 117

“Sostenme y seré salvo, y me regocijaré siempre en tus estatutos.”

La vida del salmista esta en peligro y el mayor peligro que tiene es extraviarse de Dios porque eso lo conducirá irremediablemente a la muerte. Es tal su desesperación que dirige al Señor esta plegaria donde le ruega encarecidamente que lo salve. Algunas versiones traducen la expresión “sostenme” como “ayúdame” y “defiéndeme”, que nos permite conocer mejor su situación.

El autor del verso que hoy meditamos quiere ser rescatado para sentirse seguro. No quiere vivir en la zozobra, ni en la angustia que trae consigo saberse en peligro. Él quiere que Dios salga en su ayuda porque sabe que sólo el cuidado de Dios le puede garantizar una protección cien por ciento segura.

Pero la razón por la que pide todo esto es porque quiere tener la calma y tranquilidad que se necesita y requiere para meditar, reflexionar y alegrarse en el estudio de la palabra de Dios. Él busca tener calma y tranquilidad para dedicarse a profundizar en su conocimiento de la Biblia, un libro que como ningún otro demanda una intensa calma para leerlo y comprenderlo.

El salmista quiere construir el escenario donde tenga la bonanza suficiente para, entonces, disfrutar dedicarse a aprender lo que Dios pide en sus Escrituras. Porque la alegría debe acompañar siempre el aprendizaje de los estatutos, leyes y decretos que la Biblia contiene para la vida del ser humano.

Para estudiar cualquier materia se necesita siempre tranquilidad, pero para el estudio de la palabra de Dios es imperativo un clima de lo más terso para adentrarse con toda la calma al mar de conocimiento que significa la palabra de Dios. La tensión o la presión nunca ayudarán a nadie a estudiar. En la Escritura este principio aplica al doble.

De allí se hace entendible que el salmista le pida a Dios que lo ayude y lo defienda de sus enemigos, de las circunstancias adversas y de todo aquello que lo coloque en una situación de vulnerabilidad y lo lleve o lo ponga en una posición donde, si bien el peligro no cese, tenga la garantía de que Dios lo cuidará.

Quiere sentirse protegido, saberse cuidado por Dios y tener la convicción de que en las manos de Dios nada le ocurrirá para dedicarse con todo el entusiasmo a pensar y repensar los sabios consejos de Dios contenidos en su revelación.

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