Oseas y Gomer

Dice la Biblia en Oseas 1: 2

“…Ve, tómate una mujer fornicaria, hijos de fornicación…”.

El profeta Oseas se casó con Gomer, una prostituta con la cual tuvo tres hijos. Sin embargo, a pesar de tener un hombre que la amaba, ella decidió seguir con su antigua vida, provocando un intenso dolor en el corazón del profeta a quien Dios le pide que la siguiera amando, aún cuando le asistía todo el derecho de repudiarla.

El matrimonio de Oseas y Gomer fue ordenado por Dios al vidente para expresar vívidamente la infidelidad del pueblo de Israel con el Señor. La ilustración fue clarísima, Dios ama a su nación, pero su nación lo engaña como una mujer engaña a su esposo de quien sólo ha recibido bienes.

Es tan fuerte y tan incomprensible la historia de Oseas, que algunos la han creído meramente simbólica, sin embargo no hay manera de apoyar esta afirmación. Lo más lógico es que en la vida real Oseas se matrimonió con Gomer, la hija de Diblaim.

El ejemplo de Oseas amando a una meretriz fue de los últimos intentos que Dios hizo para hacer volver a las diez tribus del norte conocidas como Israel y más frecuentemente como Efraín a su redil, pero ellos ya no escucharon y luego de algunas décadas del matrimonio del profeta, las diez tribus fueron llevadas cautivas a Asiria y se disolvieron.

Poco sabemos del fin del matrimonio de Oseas, pero si la conducta de la mujer siguió igual a pesar del amor de su esposo, lo más probable es que siguió la misma suerte de las diez tribus: su vida acabó destruida en la más terribles de las soledades que es a donde siempre conduce el pecado.

La historia de Oseas y Gomer nos enseña que Dios demanda, exige y requiere fidelidad en el matrimonio. El adulterio siempre será destructivo tanto para el esposo como para la esposa. El engaño de cualquiera de los dos sembrará para siempre la duda y aun cuando haya perdón, la mentira siempre incomodará a quien fue engañado.

El adulterio empequeñece a quien lo practica, deteriora su relación con su esposa y ensucia enormemente su relación con Dios. Los pecados sexuales son así dañinos, destructivos y muchas veces mortales. Un esposo agraviado, una esposa desencantada pueden convertir una infidelidad en una gran tragedia.

Por el bien de todos, huyamos de este mal moral que azota a la sociedad moderna con el falso título de “aventura”.

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