El riesgo de que la iglesia deje de acompañar el sufrimiento de Cristo

Dice la Biblia en Mateo 5: 13

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.”

Introducción

El contexto inmediato nos sirve muchísimo para entender que quiso decir Jesús con esta comparación o parábola que utilizó para hablarle a sus discípulos una vez concluidas o terminadas las bienaventuranzas al utilizar la sal que para la mentalidad judía tenía un uso extremadamente común porque acompañaba todos los sacrificios del templo.

Levítico 2: 13 dice: “Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes, y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios; en toda ofrenda tuya ofrecerá sal.” La sal formaba parte de la adoración de los judíos porque tenían la obligación de ofrecer cada una con sal.

Por el contexto de este verso descubrimos que Jesús terminó las bienaventuranzas con dos que tienen relación directa con el sufrimiento. La iglesia de Cristo es una iglesia sufriente. Una iglesia que proclama y acompaña el sufrimiento cruento en la cruz de Cristo como ofrenda del pecado de la humanidad.

Si los discípulos son la sal, entonces, el sacrificio es Cristo. La iglesia acompaña el sacrificio de Cristo y eso implica sufrir, pero sufrir forma parte de las bienaventuranzas que Cristo explicó al inicio del Sermón de la montaña.

Cuando la iglesia olvida o descuida su labor como acompañante del sacrificio de Cristo entonces se convierte en esa clase de sal insípida o como Mateo la llama desvanecida y entonces le sucede lo que Mateo enumera en este verso que hoy estudiaremos.

Este verso más que una promesa para la iglesia es un llamado a ejercer con responsabilidad nuestra función como creyentes en la tierra. Todos los creyentes estamos llamados a ser la sal de la tierra. Esa es un labor o trabajo que exige mucho cuidado, porque en caso de no hacerlo la fe que profesamos se convierte en algo sin sentido y sin utilidad.

Los judíos entendían perfectamente cuando Jesús hablaba sobre la sal. No era algo que no entendiera. Comprendía que la sal formaba parte de los sacrificios. Y al decirle a los discípulos que ellos eran la sal, entendían que su vida estaba ligada o atada al sacrificio de Cristo. Ni más ni menos.

El riesgo de que la iglesia deje de acompañar el sufrimiento de Cristo

I. La iglesia deja de tener utilidad

La iglesia es producto del sacrificio de Cristo. Nació por la muerte y resurrección de Cristo. La Santa Cena nos lo recuerda siempre. “La muerte del Señor anunciáis hasta que él venga”. Esa es la razón y esencia del cuerpo de Cristo en la tierra. Pablo decía que las marcas de su ministerio provocadas por la persecución eran prueba irrefutable de su servicio.

Pero cuando la iglesia pierde esa perspectiva o esa manera de pensar y actuar, entonces deja de tener utilidad. Cuando la sal se desvanece, dice el ejemplo de Cristo, no sirve más para nada. Y no sirve para nada porque la iglesia se sustenta en el sacrificio de Cristo. Somos productos de esa determinación santa de morir por los pecadores.

El creyente y la iglesia tiene razón de ser o existe para dar testimonio de los sufrimientos de Jesús en la cruz del calvario. La iglesia acompaña esa enseñanza, pero cuando por alguna razón se extravía deja de tener utilidad, se vuelve inservible, porque incluso nadie la considera importante.

Si la sal que se iba a utilizar en el templo de Jerusalén se volvía insípida al estar guardada por mucho tiempo, sencillamente dejaba de ser útil. La comparación con los creyentes es demoledora: si el creyente no es sal de la tierra ha dejado de tener utilidad en el reino de los cielos.

II. La iglesia pierde su identidad

Otro de los riesgos que plantean las palabras de Jesús es precisamente con respecto a la sal es que “es echada fuera”. La iglesia que no acompaña a Cristo o los creyentes que no acompañan el sacrificio de Cristo quedan excluidos, en otras palabras han perdido su identidad.

El ejemplo más claro de esta verdad la encontramos precisamente en los siete mensajes a la iglesia de Laodicea, según leemos en Apocalipsis 3: 14-22. Esta iglesia se creyó autosuficiente. Pensó que podía vivir su propia historia haciendo a un lado el sufrimiento y dolor que es inherente a la iglesia.

La iglesia de Laodicea fue una iglesia que por su orgullo y altivez perdió su esencia de tal suerte que es a ella a la que Jesús le pide que lo dejen entrar. La iglesia se había extraviado tanto que Jesús ya no estaba en ella y pide que lo dejen volver. La sal de la tierra no servía y tenía que se excluida.

III. La iglesia sufre escarnio y burla

La frase “es hollada por los hombres” implica que la iglesia se convierte en escarnio y burla. Una iglesia puede quedar en esa condición cuando abandona por completo su naturaleza de ser testimonio del sacrificio de Cristo. Cuando esto sucede al interior de la iglesia y en la vida del creyente ocurren los más terribles pecados.

La iglesia se convierte meramente en un edificio donde se reúne un grupo de personas, pero con la ausencia absoluta del Señor y sólo sirven para hacer burla de ella porque ya no representa absolutamente nada.

La iglesia puede convertirse en un club. En una sociedad de personas que socializan, al margen de su misión que es la de acompañar el sacrificio de Cristo. Ese es un gran peligro porque no la función de la iglesia no es entretener a un grupo de personas, sino más bien enseñarles a anunciar la muerte de Jesús como ofrenda por el pecado de los seres humanos.

Cuando la iglesia se vuelve un club social, entonces, ha dejado de ser la sal de la tierra que Jesús demanda.

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