La certeza del regreso de Cristo

Dice la Biblia en 2ª de Tesalonicenses 2:

“…ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca.”

Como ninguna otra iglesia, la de Tesalónica o Tesalonicenses fue aprensiva con la doctrina del regreso de Jesucristo. Sólo que la llevaron a extremos incompatibles con otras verdades bíblicas y el apóstol Pablo tuvo que intervenir para corregir esta equivocación que los estaba conduciendo al error.

Entre los miembros de esa congregación el retorno de Cristo era más que inminente y como eran ya tan cercano había que dejarlo todo, incluso trabajar. De pronto ese grupo de creyentes se encontró con hermanos y hermanas que dejaron de trabajar porque argumentaban que ya no era necesario hacerlo, Cristo estaba por llegar.

A ellos les escribe estas palabras para aclararles que el Señor vendrá, por supuesto, pero antes de ello habrán de ocurrir algunos sucesos que más adelante expresa y les dice pide que no asusten con el retorno de Cristo aunque quienes se lo dijeran pusieran palabras o escritos de Pablo porque él nunca había enseñado algo semejante.

El advenimiento del Señor tuvo en esta iglesia el primer gran exceso y era necesario corregirlo. Cristo viene pronto, amén, pero eso jamás será motivo para que las personas dejen de buscar su sustento porque en realidad el problema no está en el trabajo, sino en el afán y la ansiedad con que lo hacemos.

¿Se puede trabajar y a la vez esperar en el Señor? Por supuesto. Pablo aclara que el retorno de Cristo habrá de ocurrir indudablemente, pero para saber todo lo referente a ese grandioso evento es menester recurrir a las fuentes originales y acreditadas para tal verdad y eso nos lleva siempre a la Escritura.

Ni sueños, ni “revelaciones”, ni “visiones” sobre este tema. Sólo la palabra de Dios que establece con toda claridad los pormenores de esta importante doctrina para la iglesia. La palabra de Dios es nuestra único referente a la hora de hablar de la vuelta del Señor a la tierra. Nada ni nadie más.

Eso nos garantiza seguridad y no temor. Nos proporciona descanso y calma y no turbación, pero sobre todo nos ofrece seguridad de no equivocarnos a la hora de convivir con esa doctrina y nuestra vida diaria. En un equilibrio que nos salvará de excesos, pero también nos evitará olvidar que estamos a expectativa de nuestra gran esperanza: ver el rostro de Cristo.

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