La paz de los discípulos

Dice la Biblia en Mateo 10: 13

“…vuestra paz vendrá sobre ella…”.

Los discípulos de Cristo serían portadores de la paz. La palabra griega para paz es “eirene”, que se traduce como calma, quietud, tranquilidad, bonanza. El concepto se deriva del vocablo hebreo “shalom”, que junto con descanso o quietud implica bendición y todas los resultados de vivir bendecidos.

Al llegar a un hogar, los discípulos llegarían con paz para esa casa. Si eran bien recibidos la bendición se quedaría en esa casa, pero si al contrario eran mal recibidos, entonces, esa paz o esa bendición simplemente regresaría con los discípulos y en consecuencia se quedarían como estaban al principio.

La paz es uno de los más grandes bienes que los discípulos pueden tener. Los seguidores de Cristo han de vivir en constante armonía y esta armonía debe ser su carta de presentación a donde quiera que se presenten. Pero además debe ser de tal fuerza o de tal tamaño que la puedan compartir con los demás.

En un mundo marcado por el caos, la inseguridad y el temor, la paz es un bálsamo para el alma cansada o atribulada. Es un oasis en medio de un desierto de dudas e incertidumbre que se consume en medio de la desesperación a falta de una respuesta eficiente a sus muchas preocupaciones.

Cristo depositó en sus apóstoles y sus seguidores su paz. Cuando les dijo: “Mi paz os doy, mi paz os dejó” estaba poniendo sobre ellos su gloriosa y bendita paz. Aquella santa serenidad que se necesita en los momentos de mayor turbación y turbulencia en la vida de las personas.

En medio de la turbación, la calma que nos proporciona Cristo es en verdad una de las más grandes bendiciones que tenemos como resultado de su gracia en nuestra vida y es nuestro deber compartirla con aquellos que la necesitan. Quienes la acepten la recibirán de inmediato.

Pero también quien la rechace la paz le será devuelta de inmediato a su portador.

Cercioremos de ser portadores de esa paz. Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios, dijo Cristo en el Sermón de la montaña.

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