El enojo y los insultos: los asesinos silenciosos

Dice la Biblia en Mateo 5:21-26

21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.  22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,  24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.  26 De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.

Introducción

El homicidio era y es uno de los pecados más despreciables del decálogo que Moisés le enseñó al pueblo de Dios. Los judíos tenían muy claro que un homicida automáticamente se convertía en un reo de muerte porque aplicaban el principio de “ojo por ojo y diente por diente” y su sentencia estaba decidida de antemano.

Jesús fue más allá de este mandamiento cuando explicó la profundidad del significado del “No matarás” contenido en el decálogo. El homicida no era simplemente una persona que privaba a otro de la vida. El homicidio iba más allá. El enojo era también una forma de homicidio. Pero no sólo el enojo: los insultos y las ofensas también.

Son tan ofensivos que Cristo los comparó con el culpable de una falta que es llevado a la prisión, pero que todavía tiene la posibilidad de acordar una solución a su problema mediante un acuerdo reparatorio que será mejor siempre que pasar algunos días en la cárcel.

El enojo y los insultos: los asesinos silenciosos

I. El homicidio tenía una sola manera de interpretarse
II. El enojo contra las personas “es un homicidio”
III. Los insultos contra el prójimo “matan a las personas”
IV. El enojo y los insultos interfieren en nuestra adoración
V. Apresúrate a reconciliarte

Generalmente el enojo siempre va asociado a los insultos. Cuando una persona esta enojada ofende. La ofensa va desde groserías e insultos hasta burla y palabras hirientes que minan la autoestima de los demás. Cristo dijo que esta actitud era una forma de “matar a los demás”.

I. El homicidio tenía una sola manera de interpretarse

Los antiguos, así describe Jesús a los intérpretes de la Ley judía, tenían una sola aplicación al mandamiento, pero él fue más allá y señalo la ira, la furia y el enojo como asesinos de las personas en una revolucionaria y novedosa reinterpretación del mandamiento “No matarás”, que por siglos tuvo una sola manera de interpretarse.

Desde que Moisés recibió los Diez Mandamientos en el Monte del Sinaí el mandamiento de “No matarás” había sido aplicado estrictamente contra los homicidas. El que privaba de la vida a otro era reo de muerte, irremediablemente. Nadie podía escapar ni a ese veredicto, ni a esa condena.

Entre los hebreos matar al prójimo constituía y sigue representado hoy en día el pecado más horrendo. Un asesino nunca ha sido bien visto en todas partes. Privar de la vida a otro es una acción perversa que destruye no solo una existencia, sino a otros muchos más que aprecian a la persona que es asesinada.

Hasta Jesús, el homicidio fue solamente ese, pero este mandamiento cobró otro matiz cuando Jesús lo interpretó desde el punto de vista del reino de los cielos. En el reino de los cielos el homicidio tiene otros matices que Jesús le explicó a sus seguidores.

II. El enojo contra las personas es un homicidio

Siempre que se requiere representar gráficamente a un asesino, generalmente las imágenes nos presenta a un hombre o a una mujer con las manos manchadas de sangre, pero esa imagen bien podría cambiar si nos atenemos a la manera en que Jesús enseñó sobre el homicidio.

Jesús dijo que el enojo era una manera de matar a los demás. El enojo en su nivel más alto como la ira o la furia tienen el mismo potencial que privar de la existencia a otro. Jesús dijo eso porque la ira es una puerta abierta al maligno. Pablo escribió en Efesios 4:26-27 sobre el enojo como una manera de darle lugar al diablo en la vida del creyente.

El enojo mal manejado puede ser altamente destructivo para las personas. Le he llamado “asesino silencioso” porque sin darnos cuenta o a veces a pesar de notarlo no lo contralamos y quienes nos rodean sufren nuestro incontrolable temperamento y los vamos destruyendo poco a poco hasta destruirles la vida.

III. Los insultos contra el prójimo “matan a las personas”

Algo que va muy ligado al enojo son los insultos y las ofensas. Algunas versiones traducen en esta parte “maldiciones”. En este pasaje Jesús habla de dos de ellos: “necio” y fatuo”. Algunas versiones traduce como “idiota” estas expresiones. En nuestro medio estas no son ofensas. Decirle a alguien estúpido o tarado parecen halagos frente a la clase de maldiciones que algunos profieren cuando están airados.

Pero es de reflexionar si sólo con esos insultos se convertían en reos del sanedrín que pasaría con aquellos que el tono de sus insultos está más arriba de estas expresiones que a primera vista parecen inofensivas.

La persona enojada insulta, agravia, maldice, ofende esa es una verdad. La mejor manera de medir nuestro enojo es evaluando nuestras expresiones a la hora de mostrar nuestro fastidio porque con esa actitud lo que estamos haciendo es que estamos “matando” a quien ofendemos.

IV. El enojo y los insultos interfieren en nuestra adoración

Cristo dijo que no podemos llegar a adorarlo cuando traemos esta clase de actitudes. La adoración a Dios en estas condiciones es complicado o difícil y hasta cierto punto inútil. Por eso él recomienda que si estamos molestos o alguien está molesto con nosotros vayamos y nos disculpemos.

La reconciliación es el único camino que nos permitirá ofrecer nuestra adoración a Dios. No hay otro camino. No hay otra alternativa si hemos ofendido a los demás con nuestro enojo y en consecuencia con nuestras palabras debemos hacer a un lado nuestro orgullo y buscarlos para disculparnos.

Alabar a Dios cargando con ira y furia no es el mejor camino para la vida espiritual de los hijos de Dios. Deben hacer un alto y buscar la manera de resolver las diferencias con aquellos que han ofendido con sus palabras o con sus acciones.

V. Apresúrate a reconciliarte

Como reconciliarse con los demás es una acción que pensamos y repensamos porque tenemos pena o vergüenza o porque pensamos que ellos son los que se deben disculparse con nosotros puso un ejemplo claro sobre lo que sucede si no lo hacemos.

Cristo dijo que éramos como aquellos que habíamos tenido un pleito con alguien y éramos los únicos culpables y que íbamos directamente a la cárcel. Lo que debíamos hacer era no reconocer nuestra falta y ponernos de acuerdo antes de ir a la cárcel y pagar hasta nuestra última falta.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: