Una boda con invitado de lujo

Dice la Biblia en Juan 2: 2

“Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.”

El primer milagro que Juan le adjudica a Jesús en su evangelio de señales es justamente la conversión de agua en vino en una boda en una ciudad de Galilea llamada Caná. El matrimonio era y es uno de los grandes eventos sociales del pueblo judío. Tan importante como el Bar-Miztva y como cuando una persona fallecía.

Son pocos los pormenores de esta boda de la que nos habla el evangelista, pero con toda seguridad podemos decir que la pareja que contraía nupcias conocían bien a la familia de Jesús y por supuesto su ministerio porque estaba allí tanto sus discípulos como su madre; no se menciona a José, su padre legal, porque muy probablemente había muerto ya.

Jesús el Hijo de Dios acudió a ver a sus amigos para participar con ellos de la alegría que resulta del casamiento. Los judíos de esa época y todos los tiempos aprecian mucho un matrimonio porque saben que es la construcción de un nuevo mundo. El matrimonio es más que solo la unión entre dos personas, es el nacimiento de un nuevo hogar.

Por eso Jesús aceptó gusto ir a compartir con ellos y llevó allí a sus 12 discípulos, lo que no nos hace pensar que quienes corrieron con los gastos de la boda era lo suficientemente solventes para atender a un número importante de personas que llegarían con Jesús a celebrar con ellos.

Sin duda alguna fue un gran acierto invitar a Jesús a la boda, con toda la carga que ello representaba porque se hacía acompañar de muchas personas, con él 13 en total. Eso generaba un gasto que ellos gustosamente pagaron porque para ellos era muy importante que ese personaje estuviera allí el día más importante de su vida.

Invitar a Jesús a nuestras vidas siempre será la mejor decisión que podremos hacer en nuestra existencia. Invitarlo a compartir con nosotros nuestras alegrías y no solo nuestras tristezas. Decirle quiero que me acompañes en estos momentos de regocijo. Hoy no quiero que estés conmigo en la tristeza o el infortunio, sino en la dicha extrema de tener lo que más quiero a mi lado.

Jesús no sólo comparte tristezas, también comparte nuestras alegrías, las que son cortas, pero las que también son largas y se regocija con nosotros y hace que nuestra alegría, que puede opacarse por algún imprevisto, siga siempre alegrando nuestro corazón. Esa es la virtud de llamarlo cuando estamos alegres.

Los novios de esa boda de Caná de Galilea tuvieron el más grande acierto que una pareja puede tener tuvieron a Jesús y desde entonces ese matrimonio es recordado y nunca ha sido olvidado porque supieron invitar al personaje más importante en una boda: a Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.

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