Adoración publica

Dice la Biblia en Salmos 111: 1

“Alabaré a Jehová con todo el corazón en la compañía y congregación de los rectos.”

La adoración a Dios es personal. Eso es innegable. Cada persona debe conectarse con Dios para exaltarlo, bendecirlo y agradecerle todas sus bondades. Pero también es muy cierto que la adoración a Dios es también colectiva. Ambas formas de exaltación son necesarias en la vida del adorador.

En el libro de los salmos encontramos estos dos tipo de adoración, aquella personal que ocurre a veces en la madrugada o ya entradas las vigilias de la noche o la matinal que se hacía justo al salir el sol. El salmo 119: 164 nos dice que es valido: hacerlo siete veces al día por sus justos juicios.

El texto que hoy meditamos nos enseña que es necesario adorar a Dios acompañado y reunido con otros. Esos otros son los rectos, los íntegros, los limpios de corazón, lo que han decidido quitarse toda hipocresía y acercarse al Dios con toda sinceridad, sin fingimiento y sobre todo sin imposturas.

Solo ellos podrán entender porque adoramos a Dios con todo el corazón. Solo una persona que ha experimentado la intensidad de exaltar a Dios puede comprender porque nuestra alabanza a Dios es con todo nuestro ser y al hacerlo se sumará con nosotros y hará de la adoración a Dios un tiempo de gran regocijo colectivo.

La vida en comunidad y la adoración en comunidad es vital para el creyente porque Dios es un Dios que se regocija con su pueblo. Es un Señor que se manifiesta en la congregación de los justos y es un Dios que se regocija cuando su pueblo habita junto en armonía, porque allí bendición y vida eterna.

La adoración pública es un complemento indispensable de la adoración personal que los hijos de Dios le rinden al Señor y sirve para recordarnos que Dios nos demanda a adorarlo sin nada que se interponga entre él y nosotros y que nuestro prójimo puede acompañarnos en esos preciosos momentos.

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