Sara: Una mujer llena de fe, sumisa a su marido

Dice la Biblia en Génesis 17: 15

“Dijo también Dios a Abraham: A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, más Sara será su nombre.”

Introducción

Cuando el Nuevo Testamento nos presenta a Sara lo hace refiriéndose a ella como una mujer llena de fe y como una esposa sujeta a su marido en términos excepcionales al grado de llamarle “señor” a Abraham su esposo. La historia de esta mujer relatada en Génesis, entonces, para el lector gentil o no judío es el relato de una esposa sumisa llena de fe.

La matriarca Sara como los hebreos le llaman forma con otras cuantas mujeres un lugar preponderante en su historia. Ella junto con Rebeca, Raquel, Lea son las fundadoras de la nación judía que tienen una importante posición entre la comunidad hebrea, dada sus peculiares virtudes.

En el caso de Sara, sobresale por su belleza, su probada confianza en Dios y su sujeción a su marido, que tanto el apóstol Pedro como el autor de la epístola de los hebreos resaltan para mostrar entre los creyentes del mundo gentil las excepcionales prendas espirituales que tenía esta mujer.

Para su tiempo y para nuestros días, Sara sería una mujer rara porque tenía dos prendas que el Nuevo Testamento recuerda vivamente: era una mujer llena de fe y se sujetaba a su esposo atendiendo sus peticiones aun cuando éstas pusieran en riesgo su propia integridad, algo impensable para nuestros días.

Su vida no fue de ninguna manera fácil. La promesa de engendrar un hijo le hizo desesperarse por la tardanza y tomó a su esclava Agar y la dio a su marido para tener descendencia y a la hora de que se acercaba la concepción de Isaac, su vástago se río de la posibilidad de ser madre.

Con todo ello, la Escritura la reconoce como una mujer llena de fe y nos la presenta como un modelo a seguir a la hora de enfrentar los desafíos que parecen imposibles de superar, nos sirve para recordarnos que seguimos a un Dios de imposibles y que cuando le creemos con todo el corazón é siempre tendrá una respuesta para nosotros.

Sara: Una mujer llena de fe, sumisa a su marido

I. Llena de fe
A. Pesar de la tardanza de la promesa
B. A pesar de la realidad de su cuerpo
II. Sumisa en los planes de su marido
A. Al emprender el viaje de Ur a Canaán
B. Al negar que era su esposa
III. Sumisa en la vida doméstica
A. Cuando le ordena cocinar para sus invitados
B. Cuando acepta que Isaac sea sacrificado

I. Llena de fe

Cuando en algunos personajes bíblicos ocurría un suceso extraordinario que modificaba sustancialmente su personalidad, Dios optaba siempre por cambiarle su nombre. Abram se llamó Abraham, Oseas se convirtió en Josué, Gedeón se convirtió en Jerobaal y Sarai dejó de serlo para convertirse en Sara.

Dios le ordenó a Abraham que no llamara más a su esposa como Sarai, sino como Sara. Sarai significa “princesa mía” y el nombre de Sara quiere decir “princesa de todos”. El cambio de nombre estaba directamente relacionado con el nuevo rol que tendría Sara. Sería la madre de un pueblo. En su venas llevaba ya la sangre de toda una nación.

A. A pesar de la tardanza de la promesa

Del momento en que Dios le dijo a Abraham que sería padre de multitudes al nacimiento de Isaac pasaron casi veinte años. Dos décadas para el cumplimiento de la promesa. Durante ese lapso Sara pensó que habían entendido mal sobre la manera en que Dios habría de llenarlos de hijos y según nos relata el Génesis, pidió a su esposo tener hijos con su esclava. Génesis 16: 1-4.

En aquellos días esa clase de hijos se convertía automáticamente en hijo del amo y ella pensó que de esa manera sería en la que su prole crecería y se desarrollaría en la historia de la humanidad. La intención de ella era darle descendencia a su esposo y cumplir así la promesa de Dios. Pero Dios le dijo que no sería así.

En ocasiones Dios permite ciertas circunstancias para hacernos ver que su voluntad se cumplirá a pesar de nosotros mismos y Sara es un ejemplo para recordarnos que si Dios nos ha prometido algo lo hará porque el ni miente, ni se arrepiente de sus promesas.

B. A pesar de la realidad de su cuerpo

Cuando Dios le volvió a recordar a Abraham que sería padre de un hijo, Génesis 17: 17 dice lo siguiente: “Entonces Abraham se postro sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A un hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?”

La costumbre de las mujeres ya había cesado en Sara y tener un hijo de manera natural era sencillamente imposible y justamente aquí es donde el autor de la Carta a los Hebreos nos auxilia para entender lo que ocurrió en esos momentos.

Hebreos 11: 11 “Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aún fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido.” Pasadas todas las dudas y la risa que le generó tanto a Abraham como a ella el nacimiento de su hijo, Sara estaba lista para el evento más importante de su vida. Génesis 18: 13-15.

II. Sumisa en los planes de su marido

La vida de Sara va más allá de lo anecdótico como haber tenido un hijo en la vejez. De haberse reído cuando se le anunció a Abraham que tendría un hijo. Su vida es ejemplo contundente de honra a su esposo, aún en situaciones en las que estaba de por medio su integridad al grado de llamarlo “señor” en una demostración de sumisión.

Sara vivió 127 años y fue enterrada por su esposo Abraham en un sepulcro que adquirió por 400 monedas de plata. Acompañó al padre de la fe por décadas enfrentando con él la espera de un hijo que cumpliera la promesa hecha a Abraham de que sería el padre de una gran nación.

Sara fue la esposa del padre de la fe, Abraham. Fue la compañera que Dios tenía destinada para este hombre al que Dios llamó para formar la nación de la que habría de venir la salvación al mundo. Su vida nos permite acercarnos a una mujer que se convirtió en ejemplo de fe y esperanza para todos de fe.

A. Al emprender su viaje de Ur de los caldeos a Canaán

Para las mujeres creyentes es un referente indispensable para aprender y comprender sobre todo respeto y sumisión a su esposo. Como todas las mujeres atravesó dificultades, pero se sobrepuso y de sus entrañas salieron multitudes como las estrellas del cielo y la arena del mar. Su ejemplo trasciende el tiempo y la nación judía la considera un pilar.

Sara fue una leal compañera de viaje de Ur de los caldeos a un lugar desconocido, siguiendo a su consorte; supo ser una comprensiva esposa ante el llamado de su esposo a un lugar muy lejano de su casa y de su familia.

B. Al negar que era su esposa

En dos ocasiones Abraham negó que Sara era su esposa. Primero cuando llegan a Egipto por una hambre que se desató en Canaán. Génesis 12: 10-20 y luego en Génesis 20:1-11 encontramos un idéntico relato sobre la petición que Abraham le hizo a Sara para que dijera que era su hermana y no su esposa.

Lo impresionante de ambos relatos radica en que Sara aceptó la solicitud de su esposo. No dijo que no ni se tomó las solicitudes como una ofensa, sino que se sujeto a su marido en un ejemplo que más adelante veremos que Pedro utiliza para enseñarnos una de las grandes cualidades de esta mujer de fe.

III. Sumisa en la vida doméstica

La vida familiar de Sara y Abraham es de suyo interesante. La manera en que se vive en familia dice mucho de la vida espiritual de una mujer. Ella vivía sujeta a su esposo en ese espacio donde sólo quienes lo habitan sabe lo que sucede.

A. Cuando le ordena cocinar para sus invitados

Génesis 18: 6 nos relata lo ocurrido cuando tres ángeles le visitaron para anunciarle la promesa del nacimiento de su hijo. Abraham le pidió a Sara que cocinara y ella aceptó e hizo lo que su esposo le ordenó.

B. Cuando acepta que Isaac sea sacrificado

Dios le pidió a Abraham que sacrificará a su hijo Isaac como una prueba de su fe y él aceptó. Muy temprano se dirigió al monte Moriah con su primogénito. Al que tanto amaban ella y su esposa. Sara no protestó ni le reclamó que hiciera esa “locura”.

Conclusión 

Pedro dice de Sara lo siguiente:

1Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, 2 considerando vuestra conducta casta y respetuosa.  3 Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos,4 sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.  5 Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos;  6 como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.

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