Jezabel y Acab: un matrimonio unido por la maldad

Dice la Biblia en 1 Reyes 21: 7

“Y su mujer Jezabel le dijo: ¿Eres tú ahora rey sobre Israel? Levántate, y come, y alégrate; yo te daré la viña de Nabot de Jezreel.”

Jezabel era princesa de Sidón, un reino ubicado al norte de Israel. Acab heredó el trono de su padre cuyos límites se localizaban justamente con la nación sidonia. Su matrimonio fue un acuerdo para unificar políticamente a ambos territorios, pero pronto descubrieron que eran el uno para el otro.

Y se dieron cuenta de ello porque su vida como príncipes en el reinado de sus respectivos progenitores los convirtió en seres voluntariosos, ambiciosos, vanidosos y que cuando deseaban algo no paraban hasta obtenerlo. La realeza en la que vivieron les enseñó a consumar todos sus deseos.

La historia de la viña de Nabot sintetiza claramente como veían el mundo ambos. Acab le pidió a un hombre llamado Nabot que tuvo por desgracia ser vecino de la pareja, que le vendiera su solar. Nabot se opuso porque su terreno era una herencia familiar de cientos de años. Acab se molestó y no comió durante días.

Al verlo en esa condición Jezabel le preguntó qué le pasaba. Acab le contó la historia de su compra frustrada. Jezabel le prometió que era propiedad sería suya. Por las buenas o por las malas. Y fue por las malas. Urdió una acusación falsa de blasfemia sobre Nabot que le costó la vida y se hizo del lote de ese infeliz, cuya única responsabilidad fue vivir junto a ellos.

Acab recibió la propiedad como si tras su obtención no hubiera nada malo o irregular. Al final de cuenta su esposa era quien se la había “obsequiado”. Y sin el menor remordimiento ambos ampliaron su casa sin importarles que habían cometido un despojo criminal.

La historia de Jezabel y Acab eriza la piel. Aterroriza la facilidad para matar y obtener una propiedad y causa espanto su frialdad a la hora de ejecutar sus aviesos planes para destruir a un inocente con tal de tomar para sí lo que desean o quieren. La vida de ambos parece sacada de los anales de la perversidad.

Su vida matrimonial nos sirve para recordarnos que todos los matrimonios pueden ponerse de acuerdo siempre, aun aquellos que sirven a intereses pervertidos y dañinos para sus vecinos y para ellos mismos. Y si ellos logran establecer acuerdos para lo malo, ¿por qué los matrimonios que buscan su bien no lo puede hacer?

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