Dios mira y se compadece de los que le aman

Dice la Biblia en Salmos 119: 132

“Mírame y ten misericordia de mí, como acostumbras con los que aman tu nombre.”

El salmista le pide a Dios dos cosas: 1. Que lo mire. Algunas versiones en lugar de la expresión “mírame” utilizan la palabra “vuélvete”, otras “ven” y algunas más “atiéndeme”. Y 2. Que tenga misericordia de él. Otras versiones en lugar de “misericordia” usan, “compasión”. Las dos peticiones las formula basado en el amor que se le profesa a Dios.

Es interesante notar que entre las peticiones del salmista y el trato que Dios le dispensa a los que le aman aparece la palabra “costumbre”. Algunas otras versiones en lugar de “acostumbras” optan por el “como siempre lo haces” para referirse a un acto que se repite una y otra vez por parte de Dios.

El salmista tiene la sensación de que Dios no está atendiendo sus peticiones y necesidades y por eso le ruega a Dios que lo mire o se vuelva a él. Dios jamás deja de conocer nuestras necesidades, pero nosotros casi de manera seguida “sentimos” que Dios nos ha abandonado y estamos inmensamente solos antes nuestras necesidades.

De allí la expresión del autor del salmo que hoy meditamos. Le pide a Dios que se voltee y lo vea y aplique sobre él su misericordia y su compasión. Lo hace con una seguridad que conoce de manera personal o que ha visto en su diario vivir: Dios siempre ve y siempre tiene compasión de quienes le aman y le ponen en primer lugar.

Amar a Dios, entonces, nos garantiza completamente que Dios no nos retirará sus ojos sobre nosotros y que siempre tendrá compasión o misericordia de nuestras vidas para librarnos de todo mal y para acompañarnos en esos terribles momentos que nos sentimos completamente solos.

Dios acostumbra o siempre oye y tiene misericordia de quienes aman su nombre. Jamás se olvida de quienes le ofrecen todo su ser para bendecirlo y aparece justamente en los momentos que más se necesita.

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