Una vida ordenada

Dice la Biblia en Salmos 119: 133

“Ordena mis pasos con tu palabra, y ninguna iniquidad se enseñoree de mí.”

La palabra “ordena” que usa aquí el salmista procede de la raíz hebrea “kun”, que en el Antiguo Testamento tiene los siguientes usos: afirmar, consolidar, establecer, permanecer, enderezar, quedar, robustecer y encaminar, entre otras. El contexto en que se usa la palabra nos permite discernir que el salmista pide que Dios lo encamine y lo enderece.

Pero también le pide que lo consolide y afirme. El término “kun” tiene todos esos significados y podemos utilizarlos a la hora de reflexionar sobre esta petición que el salmista le hace a Dios porque nos ayuda a comprender que es lo que le demanda a Dios el autor del texto.

La Escritura es el medio por el cual el hombre puede ser encaminado y puede enderezarse. La Escritura tiene la enorme virtud de enseñarnos el camino, de dirigir nuestros pasos y servir como una brújula para conducirnos hacia un lugar o destino seguro para nuestras vidas.

La misma palabra de Dios nos enseña que “hay caminos que al hombre le parecen derechos, pero al final son caminos de muerte”. También nos muestra que muchas veces “nuestros caminos no son sus caminos” y por ello requerimos una y otra vez la sabia dirección que nos otorga la Biblia.

Pero además, el salmista agrega la solicitud de que “ninguna iniquidad se apodere de mí”. La palabra iniquidad se traduce en diversas versiones como “maldad” o “mal”. El salmista sabe que si sus pasos no son ordenados o afirmados corre el grave riesgo de verse dominado por la maldad.

La Escritura es virtuosa porque además de encaminar nuestros pasos por la senda correcta nos libra del dominio del mal en nuestras vidas. Sin la palabra de Dios la vida de los seres humanos es como las olas del mar que son azotadas por donde el viento quiere, de allí la gran importancia de que sean sus mandamientos los que regulen nuestra vida.

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