Dios como patrimonio

Dice la Biblia en Números 18: 20 “Y el Señor dijo a Aarón: De la tierra de ellos no tendrás heredad, ni entre ellos tendrás parte. Yo soy tu parte y heredad en medio de los hijos de Israel.”

Aarón y sus hijos, que fueron elegidos por Dios para hacerse cargo de los sacrificios del tabernáculo y templo de Jerusalén para siempre no recibieron ningún territorio cuando comenzó la repartición de la tierra de Jerusalén, una vez conquistada por Josué y sus sucesores.

Recibieron su porción de terreno las tribus restantes: Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Neftalí, Judá, Benjamín, Manases, Efraín, Simeón, Dan e Isacar, pero los descendientes del primer sumo sacerdote que fue Aarón no recibieron nada lo que a los ojos de los hebreos podría parecer injusto.

Siempre que se reparten bienes en un familia, cuando un hijo queda sin su parte se desata una inconformidad muy grande. Inconformidad que puede dar paso a riñas, enfrentamientos y hasta la muerte porque quien nada recibe llega a sentirse tan afrentado que su furia puede llegar a ser infinita.

Justamente para consolar el corazón de los aaronitas, Dios les dice que su parte y herencia de ellos, sería Dios mismo. Es decir, a falta de herencia material, ellos tendrían el tesoro más preciado que puede haber en la tierra: a Dios mismo. El patrimonio de los sacerdotes quedaba circunscrito así a la porción de las ofrendas que presentarían los hebreos.

El diseño de Dios para los sacerdotes exigía demasiado esfuerzo para destruir toda ambición y toda codicia y les demandaba como a ningún otro hebreo conformidad con lo que tenían porque carecerían de propiedad privada y eso es un gran reto para cualquiera. Y así sería para toda su descendencia.

En contraprestación Dios les aseguró que el sería su parte y su heredad. Una garantía mucho más elevada o mucho más segura que un patrimonio porque Dios se estaba colocando como su bendición. El Dios de toda provisión y toda buena dádiva se comprometía a acompañarlos. No les daba tierra, pero el dueño de toda la tierra, estaría con ellos.

No tendrían árboles frutales, pero el que hace producir esos árboles estaría con ellos. Definitivamente era un nivel superior lo que ellos tendrían.

El estado de los aaronitas era un estado excepcional: no recibirían patrimonio, sin embargo Dios sería su más grande patrimonio. La lección que nos enseña Dios es que en ocasiones en la vida su presencia de él será más que suficiente para afrontar las necesidades materiales que enfrentemos. Su provisión, así, está asegurada.

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